100 AÑOS QUE CÉSAR VALLEJO FUE MAESTRO DE CIRO ALEGRÍA
(Homenaje al Maestro Peruano por su Día)
Dr. Javier Delgado Benites (*)
En 1917, cuando César Vallejo cursaba el tercer año en la Facultad de Jurisprudencia en la Universidad Nacional de Trujillo, quien continua trabajando como maestro de educación primaria en el Colegio Nacional San Juan, ubicado en el Jirón Independencia de la ciudad de Trujillo, ese año tuvo como alumno al niño Ciro Alegría, futuro novelista; recién llegado de Huamachuco, el niño fue incorporado al estudiantado primario del plantel. La primera sorpresa fue encontrarse con César Vallejo, quien sería su maestro, gran impresión le causó al verlo participar en el ofertorio educativo.
Con posterioridad, aquellas lejanas emociones causadas por Vallejo, Ciro Alegría las narraría en su apasionado ensayo titulado: “El César Vallejo que yo conocí”, donde manifiesta la emoción que le originó conocer al poeta. “… mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome: - Aquí te vas a sentar… Pon adentro tus cositas… No, así no… Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro… También tu gorrita… Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió: - Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto? …Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho… Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo: - Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar… Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. “¡Serrano chaposo!”, comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente: - ¿Sabes jugar la pega? Le dije que no, y él sentenció: - Eres muy nuevo para saber jugar… Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro” (1)
Continúa el novelista declarando, la preocupación humana del poeta por el niño recién llegado que no se hacía presente en el aula y los consejos que le daba cuando le encontró perdido. “Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos me iba diciendo sin que yo atinara a responderle: ¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio… Este colegio es muy grande… ¿Estás triste? Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?”. “Porque es poeta”, me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención” (2)
El escritor huamachuquino revela las cualidades físicas y la metodología del maestro Vallejo, su forma de expresarse en una las sesiones de clase de Geografía, el tema el planeta Tierra, la cual la describe de la siguiente manera: “… Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir: Niñosh… la Tierra esh redonda como una naranja… Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda. Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región. Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor.
Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído” (3)
Sigue relatando la siguiente sesión de clase, sobre Lectura y Escritura, el tema a leer era Pato, Rosita y Pepito; la cual notamos la bondad que lo tenía el maestro al alumno y describe dicho acontecimiento de la siguiente manera: “De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mí sabiduría y le dije: - Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro… Vallejo me miró inquisitivamente:- ¿Sabes también escribir? A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga. La cosa parecía divertirle. Después me preguntó: - Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año? – Porque no sé otras cosas… Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio. Miré a mi profesor” (4)
Alegría destaca la singularidad del poeta como maestro y las asignaturas que les enseñaba, la cual para un docente de educación básica o primaria era el conocimiento de todas las ciencias como lo declara: “César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: “¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!”” (5)
Continua el novelista destacando la peculiaridad de Vallejo, en la cual evaluaba a través del dialogo con el niño su creatividad e imaginación en hechos reales y cotidianos que ellos los relaten alguna vivencia que sucede en la casa o en el hogar. “Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: “Vamos a conversar”… Cierta vez se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: “Has contado bien”. Sospecho que ése fue mi primer éxito literario” (6)
Por otro lado, Ciro revela que el maestro se confundía con los niños en el aula con mucha alegría y felicidad, manteniendo el respeto de los niños, así como también era estricto y mantenía el orden en la clase, prohibía que los niños coman en el aula. “Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase... Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubría a algún delincuente se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: "¿No he dicho que no coman cuadraos en clase?". En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad” (7)
El escritor de los perros hambrientos y la serpiente de oro, en éste relato puntualiza la personalidad de su maestro que se apasiona, aclara dudas y en el centro de su hábil pensamiento descubre la grandeza espiritual de Vallejo.
La narración es valiosa porque es el único documento en la que podemos conocer sobre la labor pedagógica que cumplió el maestro César Vallejo con los niños, son recuerdos del novelista de gran significación porque se trata de una radiografía viviente, tuvo la fortuna de ser su alumno y tenerlo como un orientador, guía y estimulo en su etapa escolar, aunque lo haya tenido solo ese primer año de maestro en 1917, el poeta lo tenía mucho aprecio y deferencia tal vez porque miraba en el niño Ciro Alegría cualidades de un futuro escritor o por ser los dos procedentes del ande liberteño, el niño huamachuquino presumo que lo hacía recordar al poeta su etapa de niñez como estudiante en la Escuela Municipal de su tierra natal, su inteligencia, su capacidad imaginativa, su creatividad y otras actitudes, como el mismo Ciro Alegría reconoce su primer éxito literario fue ante su maestro César Vallejo.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
(1). Alegría, Ciro. Mucha suerte con harto palo: Memorias. Buenos Aires. 1976, pp. 32 y ss.
(2) Ibíd.
(3) Ibíd. p.34.
(4) Ibíd. pp. 34 -35
(5) Ibíd. p. 37
(5) Ibíd.
(7) Ibíd. p. 38
Nota: Foto del etiquetado, pertenece al pintor de Santiago de Chuco Agustín Rojas, cortesía de Danilo Sánchez Lihón.
(*) Doctor en Educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra y docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
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