LAS PISCINAS NATURALES EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr. Javier Delgado Benites (*)
Las
piscinas naturales en Santiago de Chuco, en nuestra niñez nos daban la oportunidad de pasar un mágico momento en medio de la
naturaleza que reinaba ese día. Se trata de pozas escondidas en medio de
formaciones rocosas y dispuestas en el río Santa Mónica o carga coches y en el
río Quenrre, esos dos ríos que se unen para formar el río Patarata.
Cerca al punto de unificación se encuentra La Pamplona, una
gran poza natural que servía de piscina para bañarnos y disfrutar de sus aguas
frías, de los niños y jóvenes de Santiago de Chuco.
En mi época de mi niñez con mis amigos de barrio Santa Mónica
del sector de la
Parva de la Virgen, disfrutábamos mucho las
piscinas naturales, en los días que no estudiábamos, los sábados y
domingos, y en las vacaciones escolares de enero, febrero y marzo,
aprovechábamos para ir a bañarse en varias pozas naturales que había o en otros
casos se hacía para encausar el agua en el río Santa Mónica. Los lugares
concurridos y emblemáticos por los niños y jóvenes eran la Pamplona, el
Perolito, el Plato Roto y la Manzanita. Los dos primeros eran grandes y los
otros dos eran pozas pequeñas que se tenía que colocar champas, chungos y
piedras para rebalsar el cauce del río y así convertirlo en hermosísimas
piscinas para bañarnos con los amigos. En los meses de mayo a octubre, el agua
disminuía poco a poco su cauce, pero las pozas siempre estaban listas para
bañarnos, en los meses de noviembre a abril, el agua del río iba paulatinamente
aumentando, en febrero y marzo crecía su caudal incluso se escuchaba su bramido
de la furia del agua que arribaban de la jalca, por las lluvias de la época de
invierno.
Los
amigos de niñez de mi barrio liderados por mi hermano Hildebrando que era el
entusiasta, el mayor de todos, que actuaba como guía y protector de todos
nosotros, contaba en su poder con las suministros para nadar y aprender a nadar,
cámara de jebe (de una llanta de camión), corchos y checos, que servía para
ayudar a flotar a los niños y aquellos que no sabían nadar, aprendían a nadar. Mi
hermano tenía la paciencia que los enseñaba para que aprendan a nadar, los daba
las técnicas adecuadas para flotar, estaba al cuidado de todo el grupo de
amigos, si por algún percance sucediera durante la natación.
Los amigos de la Parva de la Virgen antes de ir a bañarnos a cualquier lugar en la mañana o tarde, nos reuníamos en la esquina de mi casa y ahí tomábamos la decisión de escoger e ir al lugar donde queríamos bañarnos, una vez determinado todos partíamos contentos, con los implementos que nos ayudaban a flotar, al llegar a las pozas, lo primero que hacíamos era mirar el agua empozada y tocarlo, en los tiempos de verano, otoño y primavera, el agua era clara, en invierno era turbia. Estando en el lugar hacíamos concurso de sacarnos la ropa lo más rápido posible, algunos se quedaban en calzoncillo o trusa y otros calatos, luego quien era el valiente que se aventaba primero. Otros optaban de meterse poco a poco o zambullirse, el agua era fría, pero estábamos acostumbrados, nos era normal, una vez que entrabamos al agua, no queríamos salir, nadábamos, jugábamos, concursábamos quien llegaba primero a la meta trazada, unos utilizaban la cámara, otros los corchos y otros los checos, nos aventábamos del trampolín que era una piedra grande y haciendo concursos, otros amigos aprendían a nadar, el lugar era un alboroto que hacia juego con el canto sinfónico de los pájaros y el silbido de viento que hacia mover a los árboles eternos vigilantes, jugábamos hasta que nos cansábamos.
Tanto
era el deleite por el agua del río, que pasábamos horas y horas nadando, no nos
dábamos cuenta del tiempo que pasaba. Mi hermano Hildebrando ponía un palito en
la palma de su mano ante el sol resplandeciente y miraba la sombra, nos
indicaba la hora para venirnos a las casas, en esos instantes todos nos
salíamos del agua, los calatos se ponían rápido su ropa, los que se bañaban en
calzoncillo o trusa, tenían que sacarse y exprimirlo bien y se colocaba un rato
en alguna piedra que estaba calentada por el radiante sol, a ellos se le
esperaba un poco, mientras que los otros tomaban un baño de sol para que los
pase el frío que se encontraban tiritando; los calzoncillos o trusas se secaba
un poco en las piedras, se ponían medio húmedo y partíamos con destino a
nuestras casas muy cansados, todo el camino se iba comentando lo sucedido:
-
La
poza está honda en la parte de arriba y el agua está media abrigadita que no da
ganas de salir –dice mi hermano Hildebrando.
-
Yo
he tomado dos veces agua –expresa chino Roger.
-
Yo
aprendido a nadar la mariposa –comenta Shongo.
-
A
mí me ha dado un poco de calambre en el pie –manifiesta Lamparín.
-
Con
la cámara es chévere pasear en el agua –señala Panadero.
-
Ha
estado rica el agua. La próxima que venimos nos quedamos un poco más tiempo
–dice Negroka.
-
Con
los checos ayuda bastante a flotar –expresa Limeño.
-
Con
los corchos se flota mejor que con los checos –comenta el gordo Linder.
-
Me
resbalado y me dado un raspón, pero poca sangre ha salido –manifiesta Alalao.
-
El
voltarete que me he dado, casi me sale mal –señala Jipy.
-
Yo
al aventarme me he dado un panzazo –comenta Chinicana.
Así
mismo, comentaban los amigos Manuche, Duaydo, Rostay y los niños como Vladi y
Kiry que nos acompañaban para observar cuando nos bañábamos.
La
conversación era amena de los nadadores del barrio Santa Mónica de la Parva de
la Virgen, no sentían el trayecto, de pronto cuando nos dábamos cuenta, nos encontrábamos
en la escuela de la Parva de la Virgen, los amigos nos acompañaban hasta la
casa, ahí nos entregaban la cámara, los checos y los corchos, luego se
despedían, y cada uno se dirigía a su casa corriendo para almorzar o tomar su
lonche, que en esos instantes daba bastante hambre.
Los
amigos del barrio esperábamos ir mañana u otro día a nadar en el río Santa
Mónica, como era de costumbre, éramos viciosos en bañarnos en las piscinas
naturales del río que lleva el mismo nombre, inclusive hacíamos piscinas
artificiales en lugares estratégicos con bastante champa, piedra o chungos,
para ello, llevamos nuestra barreta para sacar las champas y empozar la poza.
Hemos
vivido una niñez y adolescencia maravillosa en nuestro Santiago de Chuco, así
como poder olvidar a nuestra santa tierra y a esos buenos amigos que hemos
tenido y compartido nuestras travesuras con toda esa ingenuidad, imaginación
sana, solo con el ánimo de pasar lo bien y disfrutar de la naturaleza a
plenitud que nos ofrecía ese rincón que se encuentra enclaustrado en los andes
del norte del Perú.
(*) Doctor en educación, ingeniero
químico, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación
en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su
Tierra, docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
citando autor y fuente
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