LA COSECHA DORADA EN COCHABÚC DE MI TÍO PANCHITO EN SANTIAGO DE
Dr. Javier Delgado Benites (*)
En los caminos de tierra y
silencio de Santiago de Chuco, la miel no solo endulzaba el pan, sino también
los lazos familiares. Esta historia guarda el aroma del campo, el zumbido de
las abejas y la nobleza de los acuerdos hechos de palabra. Es el recuerdo de mi
tío Panchito y de una miel que sabía a trabajo, amistad y tiempo compartido.
Mi tío Francisco Benites Gastañadui, llamado
con cariño “Panchito”, fue un gran maestro de primaria en Santiago de Chuco, en
sus ratos libres fue apicultor. Se encargaba de cuidar y mantener a la abeja
doméstica con el fin de aprovechar sus diferentes beneficios, como la
polinización y la producción de miel, propóleo, entre otros. Sus panales los
tenía en Cochabúc.
La miel es una sustancia natural dulce
producida por las abejas a partir del néctar de las flores y de otras
secreciones extraflorales que ellas liban, transportan, transforman, combinan
con otras sustancias, deshidratan, concentran y almacenan en los panales. La
composición de la miel depende de diversos factores, como la contribución de la
planta, el suelo, el clima y las condiciones ambientales.
Para ir a ver sus colmenas, mi tío necesitaba
movilizarse a caballo, el mismo que le prestaba mi padre Francisco Delgado,
quien era su amigo, tocayo y esposo de su prima Aurora Benites, mi madre. Para
ello, enviaba a su hijo Roger, quien se hacía presente en la casa y decía:
- Tío Francisco, me ha
mandado mi papá para que le haga el favor de prestarle el caballo para pasado
mañana.
- Ya, hijo, que le mande
mañana su hierba (alfalfa o chileno).
- Roger se iba, y mi tío
Panchito enviaba la hierba con su hijo menor, Carlos, por la tarde, para que el
caballo comiera en la noche. Al día siguiente, Roger regresaba:
- Tío, buenos días. Vengo
a llevar el caballo.
- Ya, hijo, voy a
ensillarlo.
Mi padre ensillaba el caballo y lo dejaba
listo. Roger montaba y lo llevaba a su casa para que mi tío Panchito fuera a
Cochabúc a ver sus panales y traer la miel. Al caer la tarde, regresaba y
mandaba nuevamente a Roger a devolver el caballo.
- Tío Francisco, vengo a
dejar el caballo. Mi papá le manda su miel para que tome en el desayuno.
Mi padre recibía el caballo y una olla de
aluminio con tapa, llena de miel. Llamaba a mi madre para entregarle la olla.
Ella la conservaba hasta que la miel se acababa por completo y, recién
entonces, la lavaba. Luego quedaba a la expectativa de mi tío Panchito, cuando
pasaba por la casa al salir de la escuela camino a la suya, para devolvérsela y
agradecerle.
La miel era blanca como queso, muy rica y
duraba bastante tiempo. Luego solo quedaba esperar otra temporada, cuando mi
tío Panchito volvía a ir a cosechar la miel de Cochabúc.
Así era el trato entre mi padre y mi tío
Panchito, un acuerdo sencillo, basado en la confianza familiar, el respeto y el
trabajo honrado.
La miel de Cochabúc no solo endulzaba el
desayuno, también sellaba la amistad entre dos amigos. Como las abejas, ellos
trabajaban en silencio, construyendo panales de confianza y gratitud. Hoy, ese
recuerdo sigue fluyendo, espeso y dorado, en la memoria de quien lo vivió.
(Foto de CBS)
(*) Doctor en educación, ingeniero
químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de
Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí,
Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
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