LA VIRGEN DE LA SOLEDAD Y EL CASERÍO QUE GUARDA SU HISTORIA EN SANTIAGO DE CHUCO
(A mi primo Nike Gastañadui Delgado por reencontrarnos después de 27 años y por su hospitalidad en Argentina)
Dr. Javier Delgado Benites (*)
Hay lugares donde la piedra guarda memoria y el silencio habla con voz antigua.
En lo alto de los cerros, entre campanas inmóviles y caminos de polvo, la fe se vuelve paisaje.
La Soledad no es solo un nombre, es un refugio de historia, milagro y recuerdo. El caserío de La Soledad es actualmente un centro poblado del distrito de Quiruvilca, perteneciente a la provincia de Santiago de Chuco. Su población frecuenta la ciudad de Santiago de Chuco por su cercanía.
Mis padres siempre me hablaban, durante mi permanencia en mi lar natal, sobre la Virgen de la Soledad. Me contaban que iban a su fiesta en el mes de octubre junto con mis hermanos mayores, cuando aún eran niños, y me relataban la leyenda de cómo había aparecido la Virgen.
Aprovechando mi breve estadía en mi tierra, en los primeros días de enero de este año, fui a visitar, junto a mi hermano Hildebrando, este rinconcito encantador. En el trayecto pude apreciar que el lugar es un verdadero balcón natural desde donde se observan bellos pueblos y parajes. Me preguntaba: ¿tan bonita es mi tierra? Todo ello tiene un gran potencial para generar turismo. Cerca de este caserío se encuentran también los caseríos de Retambo, Cachulla y otros más.
Al llegar a La Soledad, lo que más resalta es la belleza de sus cerros y peñas. Destaca el cerro denominado actualmente Las Campanas, llamado así porque en su parte alta, que asemeja un sombrero, existen dos grandes campanas de bronce que permanecen allí desde hace muchos años. Al pie de este cerro se encuentra la iglesia en honor a la Virgen de la Soledad, patrona del caserío. En el interior del templo se puede apreciar claramente la imagen de la Virgen plasmada en la piedra.
Mi padre, durante su niñez, adolescencia y juventud, visitaba con frecuencia este lugar, ya que cerca de allí residían sus familiares. Él me relataba que don Vicente Jiménez Sánchez, quien fue alcalde de Santiago de Chuco en dos oportunidades, una de ellas alrededor del año 1880, en plena Guerra del Pacífico, y fue partidario de Andrés Avelino Cáceres, el Brujo de los Andes, fue quien construyó el canal que dotó de agua a Santiago de Chuco. Esta obra, de aproximadamente 18 kilómetros de longitud, lleva actualmente su nombre y tiene su bocatoma en Cuajinda.
Con su liderazgo, la población asumió el reto mediante trabajo comunitario y voluntario, superando grandes dificultades y utilizando herramientas rudimentarias, logrando que el agua llegara al pueblo alrededor del año 1882, en plena guerra con los chilenos.
Don Vicente Jiménez fue designado por Cáceres, con el grado de coronel, para apoyar logísticamente a los guerrilleros. En 1883, cuando las tropas chilenas llegaron a Santiago de Chuco y se enteraron de que la autoridad local apoyaba a Cáceres, fue perseguido. Logró refugiarse durante la noche al pie de un cerro de formación peculiar, producto de fenómenos naturales. Mientras dormía profundamente, la Virgen de la Soledad se le apareció y, al amanecer, descubrió en la piedra la imagen de la Virgen.
Consideró este hallazgo como un milagro de salvación que lo había protegido del enemigo chileno y prometió realizar una fiesta anual en ese lugar, fortaleciendo esta tradición. Cumplió su promesa y mandó colocar dos campanas de bronce en la parte superior del cerro, las cuales se conservan hasta la actualidad.
La fiesta de la Virgen de la Soledad se celebra en el mes de octubre, siendo el día central el 15 de dicho mes. A ella asisten los pobladores del lugar y numerosos fieles creyentes provenientes de diversos lugares.
Lo que más resaltó del caserío de La Soledad fue la presencia de varias peñas con formaciones peculiares. Frente al cerro donde se ubica la iglesia, existen peñas con similares características, deformadas por fenómenos naturales que los pobladores denominan Sombrerito Way, debido a que en su parte superior parecen llevar un sombrero. Son tres peñas con estas características. Más allá se encuentra la llamada peña Rajada, que presenta una profunda hendidura que divide su estructura; cerca de ella ha crecido un frondoso eucalipto que la hace aún más singular. Asimismo, al costado, existe un conjunto de peñas donde una se encuentra superpuesta sobre otras más pequeñas, formando una especie de puerta de entrada natural.
Alrededor del caserío de La Soledad se pueden apreciar otros lugares de gran belleza, rodeados de cerros como el Mogash, donde se aguaita al famoso Cojo Rosales.
La visita a La Soledad me hizo recordar con nostalgia a mis padres, quienes siempre me hablaban con devoción de la Virgen de la Soledad que permanece, como un susurro eterno entre peñas y cerros vigilantes. Allí, la Virgen sigue velando en la piedra, mientras el viento repite promesas antiguas. Quien llega no solo visita un lugar, sino que despierta memorias heredadas. Y al partir, uno comprende que la fe también habita en la tierra que nos vio nacer.
Buenos Aires – Argentina, 16 de enero del 2026
(Fotos del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
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