LA YUNTA EN LA SIEMBRA EN SANTIAGO DE CHUCO

Dr. Javier Delgado Benites (*)

Desde muy temprano, el agricultor se dirige a su chacra con la esperanza sembrada en el corazón. La tierra espera paciente el esfuerzo humano y animal que le dará vida. Así comienza una jornada más en el campo andino de Santiago de Chuco.


Ya en la chacra o terreno agrícola, el campesino agricultor unce los toros con el yugo e instala adecuadamente el arado, el cual lleva una punta de metal que corta, remueve y voltea la tierra; todo este sistema va sujeto firmemente al yugo. Todo queda listo para iniciar el trabajo. De pronto, las pezuñas de la yunta se hunden en la tierra, produciendo un ruido seco que marca el paso uniforme de los bueyes. El negro y el barroso avanzan lentamente, con expresión de animales uncidos, casi esclavos del trabajo.

 

El campesino que ara va siguiéndolos con la puya o aguijón en la mano, azuzando a los mansos y controlando, con el timón y la mancera, la dirección que toma la punta del arado. La yunta se deja conducir por el agricultor, quien solo levanta la voz cuando llega al límite de la chacra; allí tiene que dar vuelta a los bueyes, que automáticamente se detienen cuando él grita:

-      ¡Soooo…! ¡Soooo…! ¡Vuelta…!

 

Entonces levanta el arado y, con el pie o la puya, separa la tierra, encamina a la yunta en dirección opuesta y la restituye a la posición de su faena.

 

Así van abriéndose los surcos, mientras la neblina, junto con el viento helado, va pasando lentamente. El campesino, dirigiéndose a sus acompañantes que lo ayudan, dice:

-      Ojalá no llueva todavía para poder avanzar.

 

A la distancia se escucha el mismo trajín de otros coterráneos; muchas veces se oyen las voces de otros agricultores, acompañadas del sonido y las risas contagiosas de las mujeres trabajadoras.

 

En la chacra, los gorriones, zorzales y llucros alborotan como si se sumaran al alborozo de la siembra, lanzando sus hermosos trinos.

 

Son las 12:30 p. m.; se ha trabajado ya algunas horas y se hace necesario que las esposas, que han llegado con las ollas llenas de comida, sirvan el almuerzo, siempre mostrando alegría y sin faltar, por supuesto, las bromas.

 

Después de un ligero descanso, tiempo que aprovecha el campesino para hacer su “armadita”, es decir, coquear las hojitas de coca con el acompañamiento de la cal, luego continúa el trabajo.

 

La lluvia comienza a caer y es necesario ponerse un plástico o el poncho serrano. Si la lluvia es fuerte, el trabajo se hace penoso y muchas veces tiene que suspenderse hasta el día siguiente. Si la melga es para sembrar haba y es posible, se sigue con la labor, pues las semillas se van enterrando al mismo tiempo; pero si es para maíz, se necesita mayor cuidado, ya que el trabajo comprende también la señalización de los montículos para dejar todo listo para la siembra.

 

A las 5:00 p. m. termina la jornada de trabajo. El campesino desunce la yunta y, luego de asegurar el arado y los demás implementos, parte con sus bueyes rumbo a su hogar, donde lo espera la esposa con la merienda.

 

Así transcurre la vida del campesino agricultor, surco a surco, día a día, dejando en la tierra el sudor de su frente. La chacra no solo recibe semillas, sino también esperanza y sacrificio. Cada golpe del arado es una promesa de pan futuro. Y mientras la tierra responde, el hombre del campo sigue sembrando vida para sostener la suya en Santiago de Chuco.

 

(Foto del autor)

 

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

 

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