EDUARDO URQUIAGA MORILLO EL PINTOR DE SANTIAGO DE CHUCO. MEMORIA Y PINTURA URBANA

(Homenaje al pintor por su brillante trayectoria)

 

Dr. Javier Delgado Benites (*)

 

El pintor de Santiago de Chuco camina la ciudad de Trujillo con los pinceles en la memoria. Las calles no terminan en esquinas, continúan en el lienzo, donde lo urbano, respira, observa y recuerda. Santiago de Chuco y Trujillo laten en cada trazo como un pulso antiguo.

 

Eduardo Urquiaga Morillo nació el 10 de diciembre de 1941 en Compaccha, un sitio arqueológico y balneario de aguas termomedicinales ubicado en el distrito de Cachicadán, provincia de Santiago de Chuco. Su padre trabajaba en ese lugar, donde se extraía mineral, y allí vivió junto a su madre donde nació en dicho paraje andino.

 

Proveniente de una familia de condición modesta, cuando era niño sus padres se trasladaron a Trujillo en busca de un mejor futuro. En esa ciudad realizó sus estudios de primaria y secundaria. Al concluir la educación escolar, su padre deseaba que estudiara ingeniería, por lo que viajó a Lima e ingresó a la etapa de preingeniería. Sin embargo, su verdadera vocación estaba en el arte. Frecuentaba la Escuela Nacional de Bellas Artes y el Museo de Arte Italiano, donde un maestro italiano impartía clases de dibujo. Allí comenzó a vislumbrar su porvenir y decidió inclinarse definitivamente por las artes plásticas, dejando de lado la arquitectura.



En Lima supo de la apertura de una academia de arte dirigida por Pedro Azabache, conocido como el Mochero, director fundador desde 1966. Regresó entonces a Trujillo y se matriculó en dicha institución, espacio que marcaría su vida profesional. Primero como alumno y luego como profesor, compartió aulas con maestros como Pedro Azabache, Eladio Ruiz Cerna, paisano suyo de Santiago de Chuco y otros destacados pintores.

 

Como docente, enseñó Teoría de la Forma y el Color y Fundamentos Visuales. En sus clases enfatizaba la línea, la forma, el color, la composición y, sobre todo, la expresión. Para Urquiaga, una obra debía ser un universo completo en el lienzo, equilibrado, armónico, donde nada sobrara ni faltara. Trabajó en esta institución hasta su jubilación, contribuyendo activamente a su consolidación y formando a numerosos discípulos que hoy destacan en el arte, como Demetrio Saldaña, Jorge Chávez, Eduardo Miñano y muchos otros.

El maestro suele decir:

“Enseñar es entregarse a cada alumno. Se necesita mucha paciencia, disciplina y constancia. Sin paciencia, no se logra nada.”

 

A lo largo de su vida ha pintado más de ocho mil obras. Su estilo es inconfundible: balcones que observan, jirones que serpentean, luces que vibran. Su pintura se distingue por el brillo de la luz y el ritmo ondulatorio de sus composiciones, lo que le otorga una impronta muy personal.



En cuanto a su temática, conocía profundamente la obra de su maestro Pedro Azabache, cuya corriente influyó en su formación. Asimismo, admiró a Enrique Camino Brent por su pintura urbana, inclinación que reforzó su interés por representar lo urbano.

Desde niño estuvo ligado a los espacios urbanos. Sus padres tenían un puesto de frutas en el Mercado Central de Trujillo y, por las tardes, acudían a la Plaza de Armas. Allí observaba el monumento, las casonas y, por curiosidad, ingresaba al Hotel de Turistas, donde entra a una sala y contemplaba exposiciones de Pedro Azabache y otros pintores, sin que nadie lo reprendiera.

 

El maestro siempre cuenta una anécdota, cuando tenía apenas cuatro años, ocurrió un episodio que marcaría su destino. Una travesura infantil lo llevó a perderse entre las calles trujillanas. Deambuló llorando, sin rumbo, hasta que finalmente fue encontrado. Años después, con la lucidez que otorga la memoria madura, el pintor cree que aquella calle que lo acogió en su desamparo pudo haber sido el jirón Independencia, precisamente la arteria que más veces ha pintado a lo largo de su vida. No como una casualidad, sino como un destino.

 

Ese niño perdido reaparece simbólicamente en sus lienzos, donde destaca en algunas obras la figura infantil. Recuerda que, en su niñez, la Plaza de Armas se iluminaba con mechones; una luz precaria pero suficiente para encender la imaginación. Esa misma luz parece persistir en su pintura, filtrándose entre sombras y colores intensos como un resplandor antiguo que se niega a desaparecer.


 

Urquiaga utiliza con frecuencia colores grises. También recurre a los azules, tonalidades que se funden con el gris, y en etapas más recientes ha incorporado colores más cálidos como el rojo y el naranja. Sus composiciones avanzan en ondulación, embellecen las formas y dominan la perspectiva con libertad expresiva.

 

Las casonas, iglesias y balcones de Trujillo no son solo escenarios, sino personajes vivos cargados de misterio y memoria. Su obra no se limita a lo arquitectónico; incluye paisajes, calles trujillanas, retratos, personajes populares, desnudos, procesiones y fiestas tradicionales, caballitos de totora, todos ellos portadores de identidad.

 

La figura humana suele representarla en tonos rojos y negros, colores que dialogan con la intensidad emocional de sus escenas. Tal vez ese niño sea él mismo, reencontrándose con la calle donde alguna vez se perdió: una reconciliación íntima entre el pasado y la pintura.

 

Ha expuesto sus obras desde 1967, realizando numerosas exposiciones individuales y centenares de muestras colectivas en Trujillo, Lima y otras ciudades del Perú, así como en el extranjero: México, Estados Unidos, Canadá y España. En Lima expuso en el Congreso de la República por invitación de su amigo, el congresista Víctor Flores, quien gestionó la muestra y adquirió alrededor de 200 de sus obras.



Ha recibido diversos premios y distinciones, entre ellos el primer premio en los concursos de pintura organizados por el Ministerio de Educación en 1970; el segundo premio en el I Salón de Primavera de Trujillo en 1984; medallas de plata otorgadas por el Concejo Provincial de Trujillo y un Diploma de Honor del Instituto Nacional de Cultura por su labor artística. Sus obras forman parte de colecciones privadas en el Perú y en el extranjero.

 

El pintor de Santiago de Chuco a los 84 años, conserva una lucidez y una energía admirables. Su pasión es la pintura; es su vida. Su obra no es una añoranza inactiva, sino un diálogo constante con el tiempo que se curva en balcones, luces y sombras. Cada lienzo es una forma de volver, de buscar al niño que se perdió una tarde cualquiera y que, sin saberlo, encontró en el arte el camino de regreso. Lo urbano no se desvanece, permanece pintada. El pintor Eduardo Urquiaga no retrata calles, las vuelve memoria viva.

 

Trujillo, primavera del 2018 (actualizado el 01 de febrero del 2026)

 

(Fotos de pinturas del Facebook de Eduardo Urquiaga)

 

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

 

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