EL BANDOLERO FACUNDO RODRÍGUEZ, MITO POPULAR DE SANTIAGO DE CHUCO

Dr. Javier Delgado Benites (*)

En las alturas de Santiago de Chuco donde el silencio guarda viejas heridas y el viento repite nombres olvidados, nacen historias que no se escribieron en los libros, sino en la memoria del pueblo. Allí, entre caminos de polvo y sombras de injusticia, surgió una figura que desbordó la ley para habitar el mito. Facundo Rodríguez fue uno de esos nombres que el tiempo se negó a borrar.


Facundo Rodríguez, nacido en el caserío de Muchucayda, en Santiago de Chuco, La Libertad, fue uno de los bandoleros más emblemáticos de la provincia y una figura que trascendió la criminalidad para convertirse en un mito popular.

 

Provenía de una familia modesta, subyugada como peón de los terrenos de las haciendas. Desde niño creció siendo testigo de la humillación que los hacendados ejercían sobre sus padres, familiares y el campesinado en general, hecho que lo marcó profundamente. Aquellas experiencias dieron un giro radical a su vida y lo llevaron a buscar venganza. Creció en un contexto dominado por la desigualdad social, el poder de las haciendas y la limitada presencia del estado en las zonas rurales.

 

Desde joven trabajó como peón agrícola, experiencia que lo expuso a abusos y castigos que, según los relatos orales, influyeron decisivamente en su posterior enfrentamiento con la autoridad. A partir de entonces quedó fuera de la ley y comenzó una vida de persecución constante por parte de las autoridades y los gendarmes (policías).

 

Entre las décadas de 1915 y 1940, Facundo Rodríguez operó en amplias zonas de la sierra de La Libertad operando su centro de irradiación en la provincia de Santiago de Chuco. Para sostener su permanencia, estableció redes de apoyo establecidas en el compadrazgo y la protección de campesinos, quienes en muchos casos lo veían como un defensor frente a los abusos de terratenientes y autoridades. Esta relación alimentó su imagen de bandolero caritativo, aunque los registros judiciales y policiales también lo vinculan a hechos violentos, asaltos armados, lo que revela una imagen evidente de zozobra.

 

Durante años, Facundo Rodríguez actuó como forajido en la sierra liberteña, enfrentándose a hacendados y representantes del poder estatal. Para muchos campesinos y pobladores rurales, su figura representó una forma de resistencia frente a los abusos y las injusticias de la época, ya que se decía que ayudaba a los más pobres y castigaba a los poderosos. Esa imagen alimentó su fama de bandolero que buscaba justicia frente al dominio y los excesos de los hacendados.

 

Recuerdo que, cuando era adolescente y aún cursaba la secundaria, escuchaba al señor Roger Alcántara Lihón conversar en la esquina de mi casa con mi hermano, quien es abogado. Comentaba que el político aprista Néstor Esquivel le había referido que Facundo Rodríguez ayudó al poeta César Vallejo a salir de Santiago de Chuco rumbo a Trujillo, luego de participar como presunto incendiario en la casa de los Santa María, durante el recordado suceso del 2 de agosto de 1920.

 

El bandolero conocía como la palma de su mano las rutas y parajes estratégicos para evitar ser visto por los gendarmes; tenía pleno dominio de la zona y logró conducirlo hasta Trujillo, donde se refugió en la casa de su amigo Antenor Orrego.

 

César Vallejo estuvo prófugo aproximadamente tres meses, fue capturado y encarcelado el 6 de noviembre de 1920 y pasó 112 días en la cárcel de Trujillo, donde escribió gran parte de Trilce. Fue liberado provisionalmente en febrero de 1921 tras presión de intelectuales del país.

 

La vida de rebeldía de Facundo Rodríguez llegó a su fin cuando, por un descuido, fue capturado sorpresivamente en su casa. No tuvo tiempo de montar su caballo negro y fino, llamado Rayo, cómplice de sus fechorías. Fue amarrado con las manos hacia atrás por los gendarmes y llevado al pueblo para ser puesto a disposición de la autoridad.

 

Sin embargo, aprovechando un descuido del centinela, logró romper la soga con artimaña y huyó por el bosque (Panteón Viejo). Subió por la banda del cerro Pan de Azúcar, cambiándose de ropa en el trayecto; se quitó el saco de corte y el pantalón ogor, y quedó solo en camisa y calzoncillo largo de bayeta blanca.

 

Ascendió precipitadamente el cerro y, al llegar a la cima, cuando ya estaba por divisarse al otro lado, se sintió a salvo. Dio la vuelta, miró al pueblo de Santiago de Chuco y, con las manos al cielo, gritó entusiasta:

—¡Vivan los hombres!

Pero no contaba con que el comisario, que era un experto en tiro, sacará su arma, apuntará con precisión y disparará. La bala fue directa al corazón y dio muerte al bandolero.

La gente que presenciaba la escena en ese momento gritó al unísono:

—¡Lo mató!... ¡Vamos a verlo!

Corrieron entonces hacia el lugar de los hechos, donde certificaron su deceso.

 

Sin embargo, su muerte no apagó su figura. Con el paso del tiempo, Facundo Rodríguez se convirtió en un símbolo de justicia social, rebeldía y protesta popular, recordado por los campesinos durante muchas décadas. Hoy muy pocos conocen su historia o se atreven a hablar de ella, pues existía el temor de que fuera malo referirse al bandolerismo.

 

Lo narrado lo considero uno de los episodios vinculados a un personaje tradicional de la historia del bandolerismo en Santiago de Chuco y en la sierra liberteña; es muy posible que antes hayan existido otros bandoleros. El poeta Abraham Arias Larreta compuso una de sus canciones dedicada al bandolero Facundo Jaico.

 

El bandolero Facundo Rodríguez su historia sigue cabalgando entre cerros y quebradas, como un eco que se resiste a morir. No fue solo un bandolero, fue el reflejo de una época herida y de un pueblo que buscó justicia donde no la había. Entre la bala que lo silenció y el grito de libertad que lanzó al cielo, Facundo quedó suspendido en mito popular. Y mientras haya memoria en Santiago de Chuco, su nombre seguirá andando junto a su caballo, libre entre los cerros y pajonales.

 

La historia del bandolerismo en Santiago de Chuco está rodeada de relatos orales y versiones populares que mezclan hechos reales con elementos legendarios, lo que ha consolidado su lugar en la memoria colectiva de la provincia. El bandolerismo permanece no solo como un episodio histórico, sino como una sombra viva que aún cabalga en la memoria y la imaginación de su pueblo.

 

 

(Fotos simulada usando IA)

 

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

 

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