EL VIEJITO BAILARÍN DE PALLO QUE ANHELABA LLEGAR A LA BAJADA DEL APÓSTOL SANTIAGO
Dr.
Javier Delgado Benites (*)
En los caminos de la
vida hay promesas que se convierten en raíces profundas. Aunque el tiempo
desgaste el cuerpo y la distancia extienda sus sombras entre el hombre y su
tierra, hay vínculos que ninguna adversidad puede romper. La fe verdadera es
como una llama que permanece encendida en el corazón, esperando el momento de
volver a iluminar el sendero que conduce al origen.
Un poblador de Santiago
de Chuco, desde su niñez y juventud, fue un ferviente danzante de Pallo durante
la fiesta patronal de julio en honor al Apóstol Santiago “El Mayor”. Al formar su
familia, decidió emigrar junto a sus seres queridos hacia la costa en busca de trabajo y prosperidad, por un
futuro mejor. Se establecieron en el valle de Chao,
donde trabajó durante muchos años en las labores agrícolas.
Sin embargo, por más
lejos que estuviera de su tierra natal, cada mes de julio en la bajada retornaba
a Santiago de Chuco para cumplir con devoción su promesa de bailar de Pallo en
honor a su Santo Patrón. Era una tradición que mantenía viva su fe y fortalecía
el vínculo con sus raíces.
Con el paso de los
años, el peso de la edad comenzó a hacerse sentir sobre sus hombros. Ya
jubilado y con una pensión austera que apenas le alcanzaba para cubrir sus
necesidades esenciales familiares, enfrentó una situación que lo llenó de
profunda tristeza; por primera vez no podría regresar a su pueblo para cumplir
con su devoción de bailar el Pallo en la bajada y participar en la fiesta
patronal.
A medida que se acercaba la fecha de la bajada,
su aflicción se hacía cada vez más intensa, pues pensaba que no podría cumplir
la promesa que había honrado con fe y devoción a lo largo de toda su vida.
La mañana del 23 de
julio, día de la bajada, permanecía sentado afuera de su casa, sumido en la
preocupación.
- ¿Qué castigo recibiré
de mi Apóstol Santiago por no poder acompañarlo este año? -se preguntaba con angustia.
En esos momentos pasó
por el lugar un hombre montado a caballo. Al verlo tan pensativo, lo saludó
cordialmente y le preguntó:
- ¿Qué le sucede, señor?
Lo veo muy preocupado.
- Así es -respondió el viejito-
hoy es la bajada de mi Apóstol en Santiago de Chuco. Desde niño he bailado de
Pallo todos los años, pero ahora la edad, la jubilación y la falta de dinero me
impiden viajar. No podré cumplir mi promesa.
El jinete escuchó
atentamente y luego le dijo:
- No se preocupe,
estimado amigo. Yo lo llevaré en el anca de mi caballo.
- ¿Pero llegaremos a
tiempo para la bajada?
- Haremos todo lo posible
por llegar.
- Entonces iré por mi
vestimenta de Pallo.
El viejito ingresó a su
casa, tomó cuidadosamente su traje de Pallo, lo guardó en un pequeño costal y
subió al anca del caballo.
Antes de partir, el
jinete le dijo:
- Solo le pido un favor,
mi buen amigo, cierre los ojos durante el viaje y ábralos únicamente cuando yo
le indique que hemos llegado.
El viejito obedeció.
Permaneció con los ojos cerrados mientras el caballo avanzaba. No supo cuánto
tiempo transcurrió, hasta que escuchó la voz del jinete:
- Ya hemos llegado. Puede
abrir los ojos.
Al hacerlo, se encontró
sorprendentemente en las cuevas de Huacapongo. Descendió del caballo y, al
volver la mirada para agradecer a su benefactor, este ya no estaba.
En aquellos instantes
llegaban los Pallos y las demás mojigangas que acompañaban al Apóstol Santiago
desde Cunguay. El viejito, emocionado, se cambió rápidamente de ropa, vistió su
traje tradicional y se incorporó a la comparsa. Bailó con alegría durante todo
el recorrido hasta la iglesia matriz, donde participó de la solemne ceremonia
de la bajada del Santo Patrón.
Años después, el
viejito contaba con profunda convicción que aquel misterioso jinete que lo
había transportado desde la costa no era un hombre común, sino el mismo Apóstol
Santiago, quien había acudido a ayudarlo para que pudiera cumplir la promesa
que había mantenido durante toda su vida.
La leyenda quedó grabada en la memoria popular
como una muestra de que la fe sincera jamás camina sola. Porque cuando el
corazón avanza guiado por la devoción, los caminos imposibles se acortan, las
distancias desaparecen y hasta el cielo parece inclinarse para ayudar a quienes
cumplen sus promesas. El Apóstol Santiago continúa acompañando a sus fieles,
recordándoles que ninguna promesa hecha con amor queda olvidada ante los ojos
de Dios.
(Foto simulada con IA
por el autor)
(*)
Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación,
investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades,
directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos
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