TARDES TAURINAS DE MI NIÑEZ EN LA FIESTA DE JULIO EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr. Javier Delgado Benites (*)
Recordar mi niñez de las tardes taurinas durante las fiestas de julio en mi tierra natal de Santiago de Chuco es volver a rememorar el pasado. Es revivir aquellos momentos en que la plaza se colmaba de alegría, música y expectativa, mientras grandes y pequeños compartíamos la emoción de una tradición profundamente arraigada. En mi memoria aún resuenan los aplausos, el bullicio de la gente y el inconfundible ambiente festivo que hacía de cada tarde un recuerdo imborrable.
Lo más emocionante era encontrar la manera de ingresar a la Plaza de Acho para presenciar el espectáculo taurino. Nuestros padres, debido a las restricciones económicas de la época, no podían darnos dinero para pagar la entrada. Sin embargo, a todos los niños nos apasionaban las corridas de toros. Nos reuníamos con la mancha de amigos del barrio La Parva de la Virgen y, después del almuerzo, acudíamos puntualmente al lugar de encuentro para emprender juntos la caminata hacia el coso taurino. Una vez allí, comenzaba la aventura, descubrir la mejor forma de ingresar sin pagar.
Existían varias alternativas, y el éxito dependía del ingenio y del trabajo en equipo entre los amigos del barrio.
• ESCALANDO LAS PAREDES POSTERIORES DE LA PLAZA. Nos dirigíamos a la parte trasera o a uno de los costados de la Plaza de Acho. El amigo de mayor edad y más fuerte nos ayudaba a subir uno por uno hasta la parte superior del muro. Desde allí saltábamos al interior y, apenas tocábamos el suelo, nos dispersábamos rápidamente para que el policía no nos pueda identificar y a la vez encontrar un buen lugar desde donde disfrutar la tarde taurina.
• SIGUIENDO A UN ADULTO. Otra alternativa consistía en colocarnos discretamente detrás de una persona mayor. Nos sujetábamos con cuidado del borde de su saco, casaca o chompa, procurando que no se diera cuenta. Mientras el adulto ingresaba, nosotros lo seguíamos muy de cerca y, una vez dentro, corríamos hacia algún espacio libre para sentarnos y no perdernos la salida del primer toro.
• POR DEBAJO DE LA PUERTA PRINCIPAL. La gran puerta de fierro, pintada de color celeste, tenía en su parte inferior un pequeño espacio. Aprovechando algún descuido de los policías o de los encargados de la vigilancia, nos acomodábamos en forma horizontal con habilidad y lográbamos pasar al otro lado.
Lograr entrar a la corrida de toros, era para el grupo de amigos, motivo de inmensa alegría. Antes de iniciarse el espectáculo taurino observábamos el tradicional desfile. Ingresaban las manolas, conformadas por las jóvenes más apreciadas del pueblo, luciendo vistosos trajes que irradiaban elegancia y belleza. Detrás de ellas desfilaban los toreros nacionales e internacionales, acompañados por la banda de músicos que interpretaba una marcha taurina mientras daban la vuelta al ruedo saludando a las autoridades y al público.
Poco después hacía su ingreso el inolvidable tío Pacá, montado en su caballo y llevando en las alforjas abundantes naranjas y limas que repartía por toda la redondez de Plaza de Acho generosamente entre los asistentes de las tribunas, despertando la alegría de niños y adultos.
Finalmente llegaba el momento esperado. El trompetista de la banda de músicos, anunciaba el inicio de la corrida y se abría el toril para la salida del primer toro. En el ruedo, los toreros (los Vilches de Cachicadán y los Bustamante) toreros españoles y mexicanos, una torera mujer (Lola de España) demostraban su destreza y elegancia, ejecutando cada pase con admirable serenidad. Los banderilleros colocaban las banderillas con precisión y valentía, mientras el matador culminaba la faena con una certera estocada. Cuando la actuación era extraordinaria, recibía como premio una oreja del toro, que ofrecía orgullosamente al público entre aplausos, vivas y pañuelos al viento. A veces a pedido del público ingresaba el famoso Lino Zegarra (coche Lino), a quién le emprestaban una capa para que toreé siendo ovacionado por el público. Aquella tarde se lidiaban cuatro toros de muerte, y cada faena quedaba grabada en la memoria de los asistentes.
Al finalizar la corrida, los integrantes de la mancha regresábamos caminando hacia el barrio. Durante el trayecto comentábamos los momentos más emocionantes de la tarde, admirando el valor de los toreros, banderilleros y matadores. Cada uno narraba la faena a su manera y, entre risas y entusiasmo, imitábamos los pases, las capeadas y las estocadas, convirtiendo las calles del barrio en un improvisado ruedo donde todos soñábamos con ser grandes figuras del toreo.
Aquellas tardes no solo fueron corridas de toros, sino lecciones de amistad, ilusión y compañerismo. Permanecen en mi memoria como una capa de recuerdos que el tiempo jamás ha podido llevarse; porque, mientras el corazón conserve viva la niñez, siempre habrá una trompeta dispuesta a anunciar una nueva tarde de julio de felicidad.
Santiago de Chuco, 24 de julio del 2026
(Foto de JSL)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
citando autor y fuente
INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS Y HUMANIDADES
Celular: 943467062
E-mail: i2cyh@outlook.es
Lima – Chimbote – Trujillo

Comentarios
Publicar un comentario