LA COSECHA DE TRIGO. UNA EVOCACIÓN DE MI NIÑEZ EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr. Javier Delgado Benites (*)
Agosto era uno de los meses más esperados por las familias de Santiago de Chuco. Después de varios meses de sembrar, cuidar y esperar con paciencia el crecimiento de los cultivos, llegaba el momento de recoger el fruto del esfuerzo. La cosecha no solo representaba alimento para el hogar, sino también una verdadera fiesta del trabajo familiar, donde cada integrante aportaba con entusiasmo y responsabilidad.
Mi padre, durante mi niñez en Santiago de Chuco, nos hacía participar en la cosecha de trigo lo que habíamos sembrado en un terreno ubicado al pie del lado derecho de las peñas de San Cristóbal, en el sector de Yamanate. Cuando el trigo adquiría ese color amarillo dorado que anunciaba su madurez, llegaba el momento de la cosecha.
Los días sábados, cuando no teníamos clases, nos llevaba muy temprano para segar el trigo con la hoz. Conforme avanzábamos, íbamos formando gavillas o pequeños montones. Una vez terminada la siega, cargábamos las gavillas hasta la parva, previamente limpia y preparada para recibir el trigo cosechado.
Al mediodía llegaban mi madre o mis hermanas con el almuerzo en viandas. Nos acomodábamos bajo la sombra de un árbol frondoso, donde mi madre repartía la comida a cada uno. Disfrutábamos del delicioso almuerzo preparado por sus manos laboriosas, acompañado con refrescante aloja. Después de un breve descanso, continuábamos la faena.
Si el tiempo lo permitía, ese mismo día se iniciaba la trilla. Mi padre llevaba el caballo y los dos burros que teníamos. Los amarraba por el cuello y, ubicado en el centro de la parva, los hacía dar vueltas una y otra vez sobre las espigas, hasta que los granos se desprendían y caían al suelo.
En algunos momentos mi padre nos hacía entrar a la parva para reemplazarlo. Otras veces lo hacía mi hermano o Dido, el ahijado de mi padre, quien vivía con nosotros. Mientras los animales seguían dando vueltas, mi padre y mi hermano retiraban con horquetas los tallos que aún no habían sido bien triturados, hasta convertirlos en paja.
Cuando terminaba la trilla, sacaban a los animales para iniciar el venteo. Mi padre levantaba con la horqueta la mezcla de paja y trigo, y el viento se encargaba de separar la paja, llevándola hacia un costado de la parva.
Si el viento tardaba en aparecer, mi padre levantaba la voz y decía con esperanza:
—¡Vientooooooooo…, vengaaaaaaaaa…!
Parecía que el viento escuchaba su llamado, porque poco después comenzaba a soplar. Entonces él volvía a elevar la paja con la horqueta, y el viento hacía el resto del trabajo. En otras ocasiones prendía una pequeña fogata al costado de la parva, convencido de que el calor atraería al viento.
Si esa tarde no era posible terminar el venteo, mi padre preparaba una pequeña choza para pasar la noche cuidando la cosecha y evitar que alguna persona amiga de lo ajeno pudiera robar el trigo.
Alrededor de las seis de la tarde llegaba mi madre con la merienda en viandas. Compartíamos la cena con mi hermano y Dido mientras escuchábamos el canto de la paca paca. Luego ella regresaba al pueblo, dejándonos bajo un cielo completamente estrellado, iluminado por una luna radiante.
Aquellas noches tenían un encanto especial. Jugábamos a las escondidas y a las chapadas, mientras escuchábamos el canto lúgubre del tuco y el misterioso sonido del chuyec, que muchas veces nos llenaba de temor. Cuando el cansancio nos vencía, entrábamos a la pequeña choza o al pajero. Sobre la paja extendíamos una frazada y nos cubríamos con nuestros ponchos para protegernos del intenso frío de la madrugada.
Al día siguiente, muy temprano, mi madre llegaba con el desayuno, generalmente un reconfortante caldo de cabeza, pata de res o gallina. Luego continuábamos el trabajo de aventar la paja con la horqueta. Si el viento nos favorecía, terminábamos temprano; de lo contrario, la labor se prolongaba durante varias horas.
Una vez retirada toda la paja, aparecían los hermosos granos de trigo, limpios y brillantes. Mi padre, con una pala, levantaba nuevamente el trigo para eliminar los últimos restos de paja. Después, utilizando una escoba hecha con ramas silvestres, realizaba la limpieza final, retirando los granos mal pelados, semillas de trébol, vallico y otras impurezas conocidas como caisur.
Cuando el trigo quedaba completamente limpio, lo llenaba en sacos que luego cosía con una aguja de arriero. Finalmente eran trasladados a nuestra casa del pueblo. Generalmente obteníamos entre cuatro y cinco sacos, una recompensa que reflejaba el esfuerzo y la buena cosecha de toda la familia.
Había sido un fin de semana de intenso trabajo, pero también de enorme satisfacción. Gracias a esa cosecha, mi madre aprovechaba el trigo al máximo; preparaba mote, mandaba a moler harina para el consumo familiar, pelaba el cashallurto, tostaba trigo para elaborar el quesheste y utilizaba la harina para hacer el delicioso pan que nunca faltaba en nuestra mesa.
Al terminar aquellas jornadas regresábamos a la casa cansados, pero felices. El lunes volvíamos a la escuela o al colegio para continuar nuestros estudios. Así transcurrió mi niñez, entre el trabajo del campo y la educación, aprendiendo desde pequeño el valor del esfuerzo, la unión familiar y el respeto por la tierra que nos alimentaba.
El trigo fue, durante muchos años, uno de los cultivos más importantes para las familias de Santiago de Chuco. La provincia destacó como una de las principales productoras de este cereal en la sierra norte del Perú. Sus granos dorados eran cuidadosamente aprovechados para elaborar una gran variedad de alimentos que formaban parte de la dieta cotidiana, especialmente el pan y otros productos tradicionales que daban sustento a numerosas familias.
Evocar aquellas cosechas de agosto, no solo recuerdo el trabajo realizado, sino también la alegría de compartir con mis padres y hermanos cada jornada en el campo. Esos días quedaron grabados en mi memoria como una escuela de vida, donde aprendí que el fruto de la tierra siempre recompensa el esfuerzo, la perseverancia y la unión de la familia campesina.
Santiago de Chuco, 17 de agosto del 2026
(Foto del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
citando autor y fuente
INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS Y HUMANIDADES
Celular: 943467062
E-mail: i2cyh@outlook.es
Lima – Chimbote – Trujillo

Comentarios
Publicar un comentario