LA CUSHIPA Y LOS PAISAJES DE SANTIAGO DE CHUCO
Dr. Javier Delgado Benites (*)
La cushipa, nombre con el que en Santiago de Chuco se conoce a la perdiz, es una de las aves silvestres más representativas de la sierra. De cuerpo robusto y aspecto semejante al de un pequeño pollo, habita los campos de cultivo, los pajonales y las laderas. Generalmente se desplaza en parejas o en pequeños grupos familiares, siendo frecuente aguaitar al macho acompañando y protegiendo a los ejemplares jóvenes.
Su plumaje constituye una de sus características más llamativas. Presenta la cabeza finamente rayada tiene un plumaje marrón o grisáceo con manchas y rayas oscuras, que le permite confundirse con el paisaje de la puna. Debido al peso de su cuerpo, rara vez emprende vuelos prolongados; prefiere caminar o correr entre los pastizales y solo levanta vuelo cuando necesita escapar de algún depredador o de un peligro inminente. Su silbido fuerte, agudo y alegre resuena a grandes distancias, convirtiéndose en uno de los sonidos más característicos de los campos.
Durante nuestra niñez cuando nos íbamos a cazar con los amigos del barrio era un poco frecuente encontrar los nidos de cushipa escondidos entre los sembríos en el mes de mayo o en los pajonales. Descubrir uno de ellos era motivo de enorme emoción. Sus huevos, de un hermoso color lila oscuro brillante, llamaban inmediatamente la atención por su singular belleza. Eran parte de esos pequeños tesoros que la naturaleza ofrecía a quienes recorríamos las chacras de nuestro pueblo.
Los polluelos nacen generalmente en parejas, un macho y una hembra. Durante sus primeros días de vida no tienen la capacidad de volar, por lo que permanecen protegidos entre los cultivos de cebada, trigo, arveja o habas, donde encuentran alimento y refugio. Conforme crecen, comienzan a desplazarse en pequeños grupos familiares, siempre bajo la vigilancia de los adultos.
Mi hermano Hildebrando
es un gran amante de tener animales silvestres. En nuestra casa de Santiago de
Chuco siempre teníamos entre dos o tres cushipas. Algunas andaban libremente
por el patio y las habitaciones, mientras que otras permanecían en la jaula. A
mí me gustaba escuchar su característico silbido esporádico, que llenaba de
vida y alegría nuestro hogar.
Recuerdo especialmente
a una cushipa que se había encariñado profundamente con mi madre. En el día, la
seguía a todas partes por la casa y no se apartaba de su lado. Cuando mi madre
se sentaba a realizar sus quehaceres, la cushipa permanecía junto a ella como
una fiel compañera. Mi madre la alimentaba con migajas de pan, trocitos de oca,
papa y otros alimentos.
Un día, por un descuido, mi madre dejó abierta
la puerta de la calle. La cushipa salió al exterior y alguien que pasaba la
atrapó y se la llevó. Al darse cuenta de su ausencia, mi madre sintió una
profunda tristeza. Había perdido a aquella avecilla que, con su compañía y
cariño, se había convertido en una presencia inseparable y en una fiel
compañera del hogar.
En una oportunidad conversé en mi tierra con un amigo campesino donde me relató que hay dos variedades de cushipa. La primera que habita los valles templados; es de menor tamaño, más ligera y capaz de realizar vuelos rápidos y prolongados. La segunda que vive en las zonas altoandinas; posee un cuerpo más grande y pesado, vuela con menor velocidad y prefiere refugiarse entre las extensas plantaciones de paja o ichu, donde su plumaje le permite camuflarse con gran facilidad.
Una de las conductas más curiosas de esta ave se observa cuando percibe algún peligro. En un primer momento levanta un vuelo largo y ruidoso, acompañado de un fuerte chillido que sorprende a cualquiera y, muchas veces, pone "los pelos de punta". Si alguien intenta seguirla, la cushipa se posa entre los cercos de piedra, las quebradas o la vegetación espesa. Al sentirse nuevamente amenazada, realiza un segundo vuelo, esta vez más corto. Finalmente, efectúa un tercer vuelo de escasa distancia, pues el esfuerzo la deja visiblemente agotada, es momento para capturarla viva.
La
cushipa forma parte de la memoria colectiva de Santiago de Chuco y de la sierra
del Perú. Su presencia anuncia el sosiego del campo y el equilibrio de los
ecosistemas. Quienes crecimos recorriendo las chacras y alrededores de nuestro
pueblo recordamos con nostalgia su característico silbo al amanecer o al
atardecer, cuando el silencio de los cerros era interrumpido únicamente por el
eco de sus voces que parecían conversar entre los cerros.
(Fotos de Internet)
(*)
Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación,
investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades,
directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos
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