MI NIÑEZ EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr. Javier Delgado Benites (*)
En Santiago de Chuco, tierra donde nací, fui un niño feliz, rodeado del amor y el cariño de mis padres y hermanos, del paisaje natural que rodea el pueblo. Aunque las escaseces de juguetes eran muchas, jamás faltó la alegría en nuestro hogar, en nuestro barrio o vecindad. En medio de la sencillez aprendí a construir mis propios juegos y a crear, con la imaginación, mundos maravillosos donde todo era posible.
Durante mi niñez, mis padres pocas veces pudieron comprarme un juguete, no solo por las restricciones económicas, sino también porque en aquellos años eran escasos los juguetes y los lugares donde se vendían. Sin embargo, esa ausencia nunca apagó mis sueños; por el contrario, despertó mi creatividad. Con trozos de madera, latas vacías, arcilla o piedras inventaba carros, casitas y aventuras interminables que llenaban mis días de ilusión.
Crecí, entre casas de adobe, techos de teja de dos aguas, puertas, ventanas, escaleras y balcones de madera, calles de tierra con sus veredas de piedra, cerros, caminos zigzagueantes y tardes de inocencia, aprendiendo que la verdadera riqueza no estaba en lo material, sino en el amor de la familia, en la libertad de imaginar y en la capacidad de encontrar felicidad aun en las cosas más simples de la vida.
La mayoría de juguetes los fabricaba con materiales descartables que encontraba en casa o en la calle. Una simple cajita vacía podía convertirse en un carro, y de un pedazo de madera nacían volquetes, camiones y maquinarias imaginarias. Construía puentes y carreteras de tierra, mientras en la vereda de mi casa o en la acequia de regadío del barrio simulaba derrumbes y huaycos, donde choferes imaginarios luchaban por trasladar enormes cargamentos entre el barro y las piedras.
Con las tuzas de maíz formaba yuntas de toros para arar la tierra, reproduciendo las labores agrícolas que observaba en el campo. Otras veces, con las pirinolas de los eucaliptos que caían al suelo hacía pequeños trompitos que lo coloca en algunas veces un clavito y bailaban sobre el suelo; incluso los pintaba de colores para darles más vida y alegría.
La arcilla traída de Yamanate despertaba aún más nuestra creatividad. Con mi hermano Hildebrando elaborábamos animalitos; yuntas de toros, terneritos, guachitos, chivitos y muchas otras figuras que luego amarrábamos en pequeñas chacras imaginarias. Así imitábamos el trabajo de mi padre y familiares en el campo. También moldeábamos ollas, platos, cucharas y hornos de barro. Mis hermanas jugaban a la cocinita; preparaban la comida, amasaban el pan y lo colocaban en el diminuto horno hecho del mismo barro, usando pequeñas palas fabricadas por nosotros mismos.
Jugábamos con mis hermanos y los amigos del barrio desde la mañana hasta que caía la tarde. Entre risas y travesuras recorríamos las calles con nuestros carros de rodillos hechos de madera, deslizándonos cuesta abajo con una emoción que parecía no tener fin. También disfrutábamos del trompo, que bailaba sobre la tierra levantando polvo, y el boliche o bolero, elaborado artesanalmente con cera, brea, barro, de un carrete de hilo y tejidos de colores que nosotros mismos preparábamos con paciencia y entusiasmo.
No faltaban tampoco el aro, los ancos, el gir-gir y las bolitas, juegos que llenaban de alegría cada rincón del barrio. En las tardes nos reuníamos para jugar a las paradas al ojo de ñuñas, botones o pequeñas cosas que para nosotros tenían un enorme valor. Cada objeto sencillo se convertía en motivo de competencia, emoción y compañerismo.
Mi niñez estuvo marcada por la creatividad y la amistad. No necesitábamos grandes juguetes para ser felices; bastaban la imaginación, las ganas de jugar y la compañía de quienes compartían con nosotros esos días inolvidables. En cada juego aprendíamos a convivir, a compartir y a disfrutar de las cosas simples que hacían grande nuestra niñez en Santiago de Chuco.
Aquellos juegos sencillos, nacidos de la necesidad y de la imaginación, llenaron mi niñez de felicidad. Sin darnos cuenta, aprendimos a crear con nuestras propias manos, a valorar lo poco que teníamos y a descubrir que la fantasía podía transformar cualquier objeto humilde en un tesoro inolvidable.
Actualmente, cuando visito mi tierra en Santiago de Chuco, observo con nostalgia que muchos niños ya no juegan aquellos juegos tradicionales que llenaban de vida las calles y los barrios. Ya no se escuchan las risas alrededor de un trompo, ni el ruido de los carros de madera bajando por las pendientes, ni las competencias de bolitas o de aros al caer la tarde.
Aguaitó en los niños, gran parte de su tiempo lo pasan inmersos en los celulares, televisión y en los aparatos tecnológicos, que poco a poco los van absorbiendo y alejando del contacto humano, de la imaginación creadora y de la convivencia con otros niños. Las pantallas han reemplazado, en muchos casos, la tierra, las acequias, las veredas y aquellos espacios donde antes nacían la amistad, la creatividad y la alegría compartida.
Sin embargo, recordar esos juegos tradicionales no significa rechazar la tecnología, sino valorar una niñez más cercana a la naturaleza, al diálogo y a las experiencias sencillas que fortalecían los lazos familiares y vecinales. Aquellos juegos humildes nos enseñaron a crear, a compartir y a ser felices con muy poco; por eso permanecen vivos en la memoria como un tesoro imborrable de nuestra niñez en Santiago de Chuco.
(Con evocación desde mi casa de mis padres a tres últimos hermanos con quienes jugabamos y a mis amigos de la mancha de La Parva de la Virgen)
Santiago de Chuco, 13 de setiembre del 2026
(Foto del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

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