ALFREDO FLORES “TACHUELA”. UN TALENTO DEL FÚTBOL DE SANTIAGO DE CHUCO
Dr.
Javier Delgado Benites (*)
Algunos amigos permanecen en nuestra memoria
porque compartieron una etapa irrepetible de la vida. Alfredo Flores “Tachuela”
o “Churre”
fue uno de ellos. Lo conocí en las aulas, lo acompañé en las canchas y
compartimos con él sueños, alegrías y aventuras propias de una adolescencia que
encontró en el fútbol una manera de fortalecer la amistad y de vivir
intensamente aquellos años.
Con Alfredo Flores Castro nos conocimos en
nuestra santa tierra, Santiago de Chuco, durante nuestros primeros años de
participación en los campeonatos interescolares. Por entonces, él defendía con
orgullo la camiseta del nivel primario del Colegio César Vallejo, mientras yo
representaba a la Escuela La Parva de la Virgen. Éramos rivales dentro del
campo de juego, pero aquellas disputas deportivas, lejos de separarnos, fueron
el punto de partida de una amistad cimentada en el respeto, la admiración y la
pasión que ambos sentíamos por el fútbol.
En 1981, nuestros caminos volvieron a
encontrarse cuando iniciamos los estudios secundarios en el Colegio César
Vallejo. Fuimos compañeros del primer año “B” y, desde entonces, nuestra
amistad se hizo cada vez más estrecha. Durante aquellos cinco años compartimos
aulas, promoción, partidos, travesuras, sueños e inquietudes propias de colegiales.
El fútbol estaba siempre presente y era, muchas veces, el motivo de nuestras
conversaciones y encuentros.
Evoco una anécdota que quedó grabada para
siempre en nuestra memoria. Una noche, reunidos en la casa de nuestro amigo
Robert Alcántara “Dodo”, varios compañeros y quienes éramos considerados
jugadores seguros para integrar el seleccionado del Colegio César Vallejo,
conversábamos sobre el fútbol. En medio de aquella conversación surgió una
propuesta de Robert que nos llenó de ilusión; reactivar el Club José Gálvez,
institución que había sido fundada años atrás por su hermano mayor y algunos
vecinos del barrio San José, pero que, después de varias temporadas, había
descendido a la segunda división.
La decisión fue volver a poner al José Gálvez en el lugar que merecía.
Acordamos inscribirnos en la segunda división, con el firme propósito de
realizar una buena campaña y conseguir el ansiado ascenso a primera división.
Éramos un grupo de amigos, colegiales y apasionados por el fútbol, dispuestos a
afrontar el reto. Entre los integrantes de aquella aventura se encontraba
nuestro querido amigo Alfredo Flores “Tachuela”.
Sin embargo, nuestra iniciativa pronto generó
un problema inesperado. Cuando el profesor de Educación Física del Colegio
César Vallejo se enteró de que varios de los posibles jugadores que debían
integrar el seleccionado del colegio, entre ellos “Tachuela”, se habían
inscrito para jugar por el José Gálvez, decidió intervenir. Por intermedio de
su padre, el profesor Santos
Flores, quien también enseñaba en el colegio, le pidió a su
hijo que dejará el José Gálvez y jugará por el Colegio César Vallejo.
“Tachuela” tenía el corazón dividido. Por un lado, estaba el
colegio al que pertenecía y por el que debía representar; por otro, sus amigos,
su “collera” y el equipo que habíamos formado juntos. Alfredo quería jugar al
lado de sus amigos y vivir aquella aventura futbolística que recién comenzaba.
Para nosotros, su presencia era importante, no solamente por su talento, sino
porque formaba parte del grupo que había asumido el compromiso de sacar
adelante al José Gálvez.
Llegó finalmente el inicio del campeonato de
segunda división y el destino quiso que nuestro primer gran desafío fuera nada
menos que enfrentarnos al Colegio
César Vallejo. Fue un partido muy especial, cargado de
emociones y sentimientos encontrados. Nosotros defendíamos los colores del José
Gálvez, mientras que al frente estaban nuestros amigos y compañeros de
estudios, entre ellos nuestro querido amigo “Tachuela”.
Pero había una regla que todos conocíamos; el fútbol se juega y se gana dentro de
la cancha. Cuando comenzó el partido, quedaron de lado
las amistades y los afectos. Cada equipo defendió sus colores con entrega y
nosotros hicimos todo lo posible para conseguir la victoria. Finalmente, el
José Gálvez logró imponerse al equipo de nuestro colegio, en un encuentro que
quedó como uno de los recuerdos más emocionantes de aquella campaña.
A partir de ese momento, el José Gálvez comenzó
a ganar algo más que partidos; ganó
el cariño y el respaldo de la afición santiagochuquina. Cada
jornada reunía a más seguidores y el entusiasmo crecía alrededor del equipo.
Aquellos amigos que habían comenzado aquella aventura con una ilusión en la
casa de Robert empezaron a convertirse en un verdadero fenómeno deportivo local
de la segunda división.
Después de los partidos ganados, la fiesta
continuaba en la casa de Robert. Allí nos reuníamos para celebrar nuestras
victorias como buenos amigos. No faltaba un delicioso guiso de carne,
preparado para compartir entre todos, acompañado de la refrescante chicha y las gaseosas
que los propios aficionados nos obsequiaban como muestra de cariño y
reconocimiento.
La campaña deportiva estuvo llena de esfuerzo,
sacrificio y compañerismo. Finalmente, logramos
nuestro objetivo; el José Gálvez ascendió a la primera división.
Fue una celebración inolvidable. Y aunque “Tachuela” no pudo vestir siempre la
camiseta que inicialmente habíamos soñado, permaneció cerca del grupo y estuvo
presente en nuestras celebraciones, compartiendo la alegría de cada triunfo.
En el campo de fútbol, Alfredo era diferente.
Poseía un talento natural para el manejo del balón y una manera particular de
entender el juego. Se desempeñaba como volante creativo, posición desde la cual
podía desplegar su visión de juego, su habilidad, su gambeta y esa imaginación
futbolística que le permitía encontrar espacios y generar jugadas que
despertaban el entusiasmo de quienes lo observaban. Cada pase, cada amague y
cada avance suyo tenían un sello propio.
Quienes tuvieron la oportunidad de verlo jugar
recuerdan especialmente su habilidad para conducir el balón, levantar la cabeza
y colocar un pase preciso en el momento oportuno. Alfredo jugaba con alegría,
pero también con inteligencia. No necesitaba recurrir a la fuerza para hacerse
notar; su mejor argumento era el talento. Su fútbol tenía picardía, gambeta, elegancia
y espontaneidad, cualidades que lo convirtieron en un jugador querido y
respetado por la afición deportiva.
Con el paso de los años, los partidos quedaron
atrás, pero las huellas de aquel futbolista permanecen en la memoria de quienes
compartieron con él una cancha. “Tachuela” fue uno de esos jugadores que
hicieron del fútbol una expresión de amistad, alegría y pasión por su pueblo.
Su historia deportiva forma parte también de la memoria futbolística de
Santiago de Chuco y de aquella generación que creció entre las aulas del
Colegio César Vallejo y las canchas donde aprendieron a soñar.
A seis meses de su sentida ausencia, imaginamos
a Alfredo Flores “Tachuela” o “Churre” jugando al fútbol en las canchas del
cielo, acompañado por los ángeles y por aquellos amigos que partieron antes que
él. Quizá, desde allá arriba, ya esté formando su equipo, esperando que algún
día volvamos a encontrarnos para jugar otro partido.
Querido “Tachuela”; tu camiseta podrá haber
quedado colgada, pero tu recuerdo seguirá corriendo por las canchas de nuestra
memoria y de nuestro Santiago de Chuco.
Saludos y abrazos al cielo.
(Fotos del autor)
(*)
Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación,
investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades,
directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos
que pueden ser reproducidos
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