CÉSAR VALLEJO DEVOTO DEL APÓSTOL SANTIAGO “EL MAYOR”

Dr. Javier Delgado Benites (*)
César Vallejo desde niño fue un ferviente devoto del patrón de su pueblo el Apóstol Santiago, cuando se encontraba lejos de su lar natal, siempre regresaba a su pueblo para gozar de su fiesta. Cuando estudiaba secundaria en Huamachuco, sus vacaciones de medio año coincidía con la fiesta de su pueblo, regresaba a disfrutarlo a lado de sus padres y familiares, de la misma manera cuando estudiaba en la Universidad de Trujillo, en sus vacaciones de fin de ciclo coincidía con la de su fiesta de su pueblo, por tal motivo, sus padres le enviaban a un propio con una acémila hasta Menocucho para que le espere, porque en dicho lugar era el último recorrido del tren de la costa. Subía a la acémila para que después de tres o cuatro días de penosa caminata a lomo de acémila, los viajes eran arduos y costosos, sus padres lo esperaban con todos los preparativos de fiesta para que Vallejo disfrute con su familia, amigos con algarabía. Al culminar la fiesta regresaba para continuar sus estudios o trabajo en los que estaba involucrado y así dejar pasar largos períodos para regresar nuevamente a su pueblo para visitar a sus padres y hermanos, por lo difícil y arriesgada que resultaba la travesía.

La devoción de César Vallejo a la fiesta de su pueblo en honor al Apóstol Santiago El Mayor, lo hizo inspirar un poema titulado TERCER AUTÓCTONO (I), donde rememora lo cotidiano del vivir de su gente, en los tiempos de fiesta con sus mojigangas que bailan, dando colorido con sus vestimentas y su filarmónico canto, este verso se encuentra en su primer poemario Los heraldos negros que a la letra dice:
El puño de labrador se aterciopela,
y en cruz en cada labio se aperfila.
Es fiesta! El ritmo del arado vuela;
y es un chantre de bronce cada esquila.
Afílase lo rudo. Habla escarcela...
En las venas indígenas rutila
un yaraví de sangre que se cuela
en nostalgias de sol por la pupila.
Las pallas, aquenando hondos suspiros,
como en raras estampas seculares,
enrosarian un símbolo en sus giros.
Luce él Apóstol en su trono, luego;
y es, entre inciensos, cirios y cantares,
el moderno dios-sol para el labriego.

En julio del año de 1920 se encontraba en su pueblo, participa en la primera fiesta y uno de esos días de algarabía apadrina al hijo de su hermano Manuel Natividad. El primero de agosto de ese año, participa en diversos eventos. Su sobrino Oswaldo Vásquez Vallejo relata el siguiente:
“Estaban (en la misa de 1 de agosto) presente las autoridades, personas visibles, entre ellas, Dn. Francisco de Paula Vallejo Benites (padre del poeta) acompañado de César A. Vallejo Mendoza y todos sus demás hermanos. Además el pueblo, la banda de músicos, mojigangas, tales como Pallos, Quiyayas, Turcos, Osos, los Jilgueros e infinidad de bailarines dentro del templo, en la Plaza de Armas y principales calles de la Ciudad, dedicándose a rendir homenaje al “Apóstol Santiago El Mayor” (1).

En ese año, el mayordomo de la fiesta fue Carlos Santamaría, el primero de agosto luego que ingresará la procesión del Apóstol de la octava o segunda fiesta, se delineaba como un día peligroso. Había evidencias de que habría lugar sucesos violentos por asuntos políticos, lo que se temía desde semanas antes, ahí el poeta participa y es acusado de haber estado implicado en esos incidentes de saqueo e incendio de la casa de los Santa María.

En este lamentable episodio se le involucró al poeta, que le costará persecución y cárcel. Luis Monguió refiere así:
“La casa de los Santamaría quedó reducida a escombros y aquéllos estimaron la pérdida en veinte mil libras de oro sellado y, para resarcirse de ellas, denunciaron a todo el grupo amigo del alcalde Vicente Jiménez y Héctor Vásquez (rivales políticos de los agraviados), entre ellos a tres de los hermanos Vallejo, Víctor, Manuel y César” (2).

César Vallejo por esos motivos impetuosos sufrió cárcel en Trujillo del 6 de noviembre de 1920 al 26 de febrero de 1921 donde fue acusado de agitación social y sufrió persecución de por vida.

Ernesto More (1988:8,9) amigo del poeta, cuenta una anécdota titulada El Estandartero, donde relata lo siguiente:
“Era un día de fiesta en su pueblo. Un día de fiesta en Santiago de Chuco. Campanas, cohetes, bailes populares, toldos llenos de mercaderías abigarradas: plazas atiborradas de multitudes ebrias; arcos hechos con gasas, tules y papeles de colores, a través de los cuales ha de pasar el anda transportando al patrón o la patrona del pueblo. Las gentes viviendo horas de recogimiento., unción y borrachera. Dentro de las casas un ir y venir de infinidad de personas con traje nuevo. Especialmente en la casa del alferado, que es un jubileo. Vallejo, como de diez años de edad, va y viene: entra y sale. Su ansia no tiene límites. Su inquietud no conoce descanso. En su pecho se han confundido las inquietudes de todos los que participan en la fiesta. Va a la iglesia, da la vuelta a la plaza, vuelve a su hogar, sale nuevamente con su madre a visitar las tiendas y los toldos. El aire tiene olor a cirio, sahumerio y pólvora. A pan del valle, a polleras guardadas y a cañazo. De repente, los repiques se hacen más enérgicos e insistentes. Estallan dos o tres camaretazos, y los bailarines inician sus frenéticos movimientos y contorciones. Es la hora de la procesión. Sacan el anda en hombros de seis u ocho mocetones cuyo paso no está sincronizado, porque unos han tomado más que otros. Detrás del anda, va el cura, salmodiando, ceñido de una pelliza blanca y de encajes. Junto a él, anda el alferado, por cuyo rostro, vidriado de sudor alcohólico, ruedan gruesos goterones que ni siquiera enjuga. Parece hecho de palo. De llocque. Ha sudado todo el año con el trabajo para poder sudar un día como buen alferado. Pero los ojos del cholo no se posan mayormente ni en el anda ni en el cura ni en el alferado. Todo ha desaparecido para él en cuanto surge, detrás del cura y del alferado, la figura de un mozalbete apuesto, vestido de alta ceremonia, y con cinta y rosario al cuello. Es el que porta el estandarte. Y el estandarte es un conjunto bordado en oro y con los colores nacionales.
Vallejo cuenta que esa figura se le quedó grabada durante muchos años de su niñez. Durante el recorrido de la procesión. Vallejo no habría de separar su vista de él. Terminada la procesión y siguiendo a su padre y a su madre, Vallejo regresó a su casa. Estaba emocionadísimo. No se atrevió a confiar el origen de su emoción sino a su madre, nada más que a su madre. Sólo ella podía hacer que él consiguiera aquello de que se había antojado. Sólo su inmenso cariño era capaz de eliminar todas las barreras que se interpusieran entre su hijo y sus deseos. Vallejo tomó a su madre de las manos, y mirándola con una intensidad que ninguna virgen ha conocido en los ojos de sus fieles, le dijo, le gritó casi: “¡Mamá!... ¡yo quiero ser estandartero!... ¡Mamá!... ¡quiero ser estandartero!...
Y volviendo hacia nosotros su cara de piedra, entre triste y festivo, como burlándose de sí mismo, Vallejo nos decía: “¡No había nada en el mundo que me atrajese tanto como el oficio de estandartero!”.
Ha muerto el cholo, y lo que no sabe él, es que ha llegado a ser el estandartero” (3).

Conforme relata el autor, esta anécdota titulado El Estandartero (se le llama a la persona encargada de organizar en Semana Santa, siendo responsable de sacar en procesión a un santo, ese día lleva el estandarte acompañado de dos personas honorables que se llaman borleros), se hubiera titulado El Mayordomo (es la persona encargada de organizar y dar el mejor lucimiento de la fiesta de julio en honor al Apóstol Santiago El Mayor, ese día en la procesión es quien porta el estandarte con la imagen del Patrón del pueblo, acompañado de dos personas honorables), dicha anécdota como lo relata el autor, viene hacer una auténtica huella humana que el poeta deja sobre lo cotidiano de su vivir.

En 1929 en su estadía en París, César Vallejo en una carta escrita a su hermano Víctor, fechada el 18 de junio, expresaba su ferviente devoción por el Apóstol Santiago, pidiéndole lo siguiente:
“Le ruego mandar decir una misa al Apóstol Santiago en mi nombre. Le he pedido al Apóstol me saque bien de un asunto. Le suplico mucho que mande decir esa misa. Ruego a Dios por todos ustedes”.

Así fue su devoción y fe que el poeta César Vallejo tuvo al Patrón de su pueblo y su amor a su notable rincón andino denominado Santiago de Chuco.

Referencias Bibliográficas:
1. Vásquez Vallejo, Oswaldo (1992). César Abraham Vallejo. Ascendencia y Nacimiento. Universidad Nacional de Trujillo. Trujillo. p. 141.
2. Monguió, Luis (1952). César Vallejo. Vida y obra. Editora Perú Nuevo. Lima. p. 51.
3. More, Ernesto (1988). Vallejo, encrucijada del drama peruano. Editado por Librerías Bendezú. Lima –Perú. pp. 8 y 9.

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

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