VALLEJO LE GUSTABA CANTAR SERRANITAS Y BAILAR EL PALLO

(Al conmemorarse los 82 años de su muerte acaecida en París)

Dr. Javier Delgado Benites (*)

César Vallejo el poeta de Santiago de Chuco, fue un revolucionario en la poesía, es considerado como uno de los grandes de la poesía universal. Cuando se reunía con sus amigos en Trujillo en la “Bohemia de Trujillo”, Huamachuco y Lima, fue alegre, le gustaba cantar serranitas y bailar el Pallo, música y mojiganga oriundas de su tierra natal.

El poeta santiagochuquino Abraham Arias Larreta quien conoció a Vallejo, por que su padre fue su maestro de primaria en la escuela elemental Nº 271 llamado “Centro Viejo” y padrino de confirmación, evoca que el poeta de Los heraldos negros era melancólico y que le gustaba cantar serranitas, así testimonia: “Vallejo era muy triste. Recuerdo que varias veces lo vi llorando, especialmente cuando tomaba licor y cantaba una serranita que dice: “Un corazón de madera me voy a mandar hacer…”.

Juan Domingo Córdova, quien conoce a Vallejo en España y establecen una amistad muy cordial y sincera, recoge las letras de algunas canciones tiernas en que el poeta del ande liberteño solía cantar con entusiasmo y sentimiento en sus reuniones amicales y en donde de rato en rato miraba al cielo en la noche o en la naciente claridad del amanecer, que lo así recordar a Santiago de Chuco, su tierra que amaba con delirio. Dichas cantares son las llamadas serranitas. Al respecto manifiesta: “Al río de la Huaychaca / me voy a mandar echar / cosa que ni sufra ni sienta / ni sepa lo que es amar / cosa que ni sufra ni sienta / ni sepa lo que es querer. / Un corazón de madera / me voy a mandar hacer (…)”.

César Vallejo en su estancia en París, se reunía en el departamento de los hermanos More, ubicado en el centro de la Ciudad Luz, artistas e intelectuales de todas partes del mundo en su mayoría peruanos, los cuales compartían un momento de bohemia, donde el poeta de Trilce preparaba un ponche a base de vino tinto parisino mezclado con limón que lo convertía en un trago agradable, donde todos disfrutaban y los músicos tocaban la guitarra y cantaban marineras, huaynos, yaravíes y las infaltables serranitas que el cholo Vallejo cantaba con fervor y sentimiento y bailaba zapateando con exaltación. Al respecto Ernesto indica: “El atelier número 15 que ocupábamos con mi hermano Carlos, en el número 3 de la calle Vercingetorix,…El cholo Vallejo, a quien siempre le gustaba parar el ponche o “ccoñi”, para decirlo con la palabra quechua que solíamos usar con frecuencia para acércanos más a la tierra, la mano derecha calzada en un guante amarillo, y con ademán cómicamente sacerdotal, daba vueltas al líquido y estrujaba los limones, probaba de vez en cuando la composición y agregaba más vino o más azúcar de acuerdo con experimentado paladar andino. Y mientras el dulce cholo oficiaba, Chicata, el arequipeño con su guitarra criolla, rasgaba marineras, huaynos y yaravíes, que la tropa bailaba pañuelo en mano, todos cogidos de la mano y en círculo en torno a la estufa, o bien cantábamos con la voz de la nostalgia, todos echados en los camastrones que había bajo el altillo.

A Vallejo le gustaba a morir aquel aire: “Al río de Huaychaca / me voy a mandar echar / para que no vea ni sienta, / ni sepa lo que es amar…”.

Entonces, cantaba, zapateaban por las mejillas, como aguacero de su tierra, sin que tratará de detenerlas”.

Del mismo modo, testimonia la pintora Elsa Henríquez, hija de la bailarina cuzqueña Helba Huara esposa de Gonzalo More, nos acerca a un Vallejo alegre, que cantaba y danzaba un huayno, cuya breve letra ella guardó para siempre en su memoria.: “Que río vuelva a su cauce, palomita, / y el corazón a su dueño, palomita”.


Vallejo bailaba el Pallo danza emblemática de Santiago de Chuco, lo bailaba con mucho frenesí, así evoca el poeta español Juan Larrea: “César se encogía como un jorobadito, y manteniendo el dedo índice de la mano en alto y la cabeza bien agachadita, comenzaba a dar vueltas sobre si mismo, como cumpliendo un rito extraño o una danza esotérica de su tierra. ¿Había visto de niño, en su tierra natal, alguna danza semejante que se le había quedado grabada para siempre y que repetía en esos momentos de trance?”.

Con estos alegatos de amigos cercanos que compartieron con Vallejo, se finiquita que el poeta jamás olvido su lar natal Santiago de Chuco, porque en ella, vivió la mejor época de su vida, dicha tierra prodigiosa lo proveyó de sabiduría, cultura y nostalgia. Su pueblo estaba primero en su pensamiento, de ahí, en sus reuniones de amigos y lapsos de bohemia, cantaba sus serranitas y marineras con sentimiento, recordaba sus mojigangas sobretodo el Pallo, el cual imitaba su baile dando vueltas con la mano derecha empuñada alzada y la otra en la parte de atrás, zapateando con ímpetu, a veces echaba punto, como si estuviera en la fiesta del Apóstol Santiago “El Mayor” Patrón de su pueblo, el poeta era un ferviente devoto. Durante su permanencia en el Perú, nunca dejó de ir a disfrutar de su feria de julio y gozar de sus mojigangas bailar junto a ellas y de todos los acontecimientos de la primera y la octava fiesta.

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

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