LAS PENCAS ES UN ÁLBUM NATURAL DE RECUERDOS DE AMOR EN SANTIAGO DE CHUCO

Dr. Javier Delgado Benites (*)
La flora de Santiago de Chuco es muy diversificada. Hay una planta silvestre que abunda en toda la campiña y que acapara, acaso sin que nos percatemos demasiado, partes colosales de nuestra simpatía.
Las personas del pueblo, como los niños, la consideran un amigo; los campesinos, un guardián vigilante de sus sementeras; los artistas, un motivo indispensable del paisaje serrano; y los enamorados suelen escribir en sus hojas las confidencias más sentidas de sus edictos amorosos.
Esta planta silvestre es la penca, que crece por doquier, tanto en la tierra fértil como en el suelo árido. Pero, aparte de todo ello, la penca es un álbum natural abierto, donde los caminantes inscriben sus recuerdos, sus quejas, sus desahogos y sus preocupaciones.
Sus hojas aplanadas, espaciosas y lisas, de un gris verdoso semejante al del eucalipto tierno, cubiertas por una cutícula translúcida, se dejan rasguñar fácilmente con cualquier objeto punzante, inclusive con su propia espina.
Con el paso del tiempo, las cortaduras cicatrizan y la escritura se destaca nítidamente sobre la superficie de las pencas. Allí permanece durante mucho tiempo -cuatro o siete años- sin deformarse ni borrarse, expuesta a las miradas de los caminantes, hasta que la hoja envejece y queda debajo de las otras, a medida que del cogollo central se desprenden, año tras año, nuevas hojas que se abren, se expanden y se ofrecen como páginas en blanco de un gran libro natural y verde.

En una misma planta pueden verse recuerdos de diferentes años: unos recientes, otros de tres o cuatro años atrás. Y hasta que la planta llega al término de su vida, con su floración fugaz, suele transcurrir un largo número de años durante los cuales guarda, fielmente, en sus hojas, las confidencias de cuantos transeúntes angustiados o disipados pasan por el camino. Aun las hojas secas, arrugadas y ennegrecidas por la caducidad, ostentan con leal persistencia los grabados añejos.
Recuerdo que, en mi adolescencia, cuando estudiaba en el colegio, escribí en una penca ubicada en un lugar vistoso el nombre de aquel amor platónico que me inquietaba. Luego de terminar el colegio emigré de mi pueblo para estudiar en la universidad, y al retornar, después de culminar mis estudios de ingeniería, tras un largo tiempo, al pasar por ese lugar vino a mi memoria aquella escritura. Revisé la penca y encontré intactas las letras grabadas en aquella época.
Al transitar por los caminos, cuyos cercos están poblados de pencas, al acercarme y mirar sus hojas azulencas, descubro que allí existe todo un registro perennizado que no miente.
A menudo son parejas de enamorados felices que graban sus iniciales muy juntas, a veces dentro de un gran corazón, como significando su ideal de estar siempre unidos. Otras veces son adolescentes enamorados que andan solos por el campo, suspirando por el bello ídolo, sumergidos en su grande y dulce obsesión amorosa. Como buenos enamorados, buscan la soledad para soñar con la amada distante y embriagarse en su pura imagen.
Los léxicos que brotan del corazón dicen: “Rosy”, “Mary”, “Chabe”, “Shemi”, “Cami”, “Naty”, “Hildita”, “Elvirita”. Aparecen también las frases: “Te amo”, “Te adoro”, “Amor mío”, “Vida mía”, “Mi corazón solo es tuyo”, “Te quiero con toda el alma”; todo el repertorio clásico del amor.
Rebosan las promesas y los juramentos, las encendidas loas y los clamores sollozantes: “Por un beso de tu boca soy capaz de todo”, elogia un apasionado. “¿Cuándo será aquel día en que estaré junto a tu pecho para decirte que te amo, que sin ti no puedo vivir?”, suspira otro. “No me rechaces tu amor, gringuita adorada”, ruega el de más allá. “Tengo que ser profesional para ser merecido de su amor”, expresa otro con frases más serenas. “Ay, si supieras, Shila, cuánto he llorado solito al pie de esta penca”. Así continúan las frases, cada una reflejando su estado emocional y su propio estilo.
Hay en estas confidencias de enamorados algo que inquieta por su fondo de sincero sentimentalismo. Cuando estoy en mi Santiago de Chuco y paso junto a dichas pencas, me detengo un instante para leer en este álbum natural de recuerdos del pueblo, que soporta todos los fenómenos del tiempo, atraído por la grandeza de su gente, que vive aferrada a su fortaleza telúrica andina.
Porque en cada penca no solo florece el amor escrito, sino también la memoria viva del pueblo. Y mientras ellas sigan de pie, Santiago de Chuco continuará contando su historia en hojas verdes y silenciosas.
Santiago de Chuco, 14 de febrero del 2026

(Fotos del autor)

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
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