MI TÍA MARGARITA GELDRES, PRESENCIA VIVA DE MI INFANCIA
Dr. Javier Delgado Benites (*)
La memoria es como un pan recién salido del horno, basta abrirla para que el aroma del pasado vuelva a llenar la casa. En ella habitan voces antiguas, pasos lentos y manos buenas que ya no están, pero que siguen acompañándonos. Así, entre recuerdos sencillos y gestos silenciosos, aparecen las personas que marcaron nuestra infancia sin saberlo. Una de ellas fue mi tía Margarita.
Mi padre, cuando yo era niño, me contaba mientras almorzábamos o merendábamos sobre mi tía Margarita Geldres Rebaza, que era su tía. Ella estuvo casada con el señor Modesto Castillo, y tuvieron siete hijos: cinco varones y dos mujeres. Mi padre decía que su esposo era un buen zapatero, que trabajó duro para educar a sus hijos y lograr que fueran profesionales; la mayoría de ellos fueron profesores. Me contaba también que era una tía muy buena y que, cuando mi padre era niño, ella siempre estaba pendiente de él y de sus hermanos, llevándoles pan y otras cosas que consideraba necesarias para servirles.
De acuerdo con lo que nos relataba mi padre, crecí teniendo una gran consideración y cariño por mi tía Margarita. Ya bordeando los ochenta años, lo que recuerdo físicamente de ella es que medía aproximadamente un metro y medio, era gordita, de piel mestiza y cabello blanco. Vestía de manera elegante; usaba falda, chompas abiertas, sombrero de paño marrón, pañolón extranjero negro o azul, zapatos de cuero y medias color carne. Mi tía seguía teniendo una consideración especial y estimaba mucho a mi padre. Ella vivía a unas dos cuadras de nuestra casa, en mi tierra natal.
Lo que recuerdo de ella es que, cuando yo estudiaba la primaria en la escuelita cerca de mi casa, mi tía Margarita, ya anciana, frecuentaba nuestra casa. Llegaba casi todos los días alrededor de las diez de la mañana. Venía a comprar carne, gallinas o cuyes del negocio que tenía mi padre, y otra cosa que mi madre me contó es que también venía para apoyarla con los quehaceres del hogar. Ella le decía:
Aurorita, aprovecha que estoy acá, anda a hacer tus quehaceres; yo voy viendo a los niños para que no salgan a la calle. Anda al mercado a comprar tus cosas, déjalos a los niños, yo los cuido. O anda a tu huerta a traer la cebolla, el cilantro o los ajos. No te preocupes, yo los veo. Si la niñita está durmiendo en la hamaca, déjala; si se despierta, yo la acomodaré para que la muevan y siga durmiendo.
Mi madre aprovechaba que mi tía Margarita estaba en la casa y salía a hacer sus quehaceres lo más rápido posible, sin demorarse. Luego regresaba y le decía:
Te has ido, más has demorado en ir que en volver.
Mi madre aprovechaba su presencia para hacer los quehaceres que no podía realizar teniendo a todos mis hermanos, que éramos varios. Mi tía anciana veía esa necesidad de mi madre, por eso visitaba la casa. Se quedaba unas dos horas conversando, y mi padre y mi madre le prestaban mucha atención.
Mi tía me tenía mucho aprecio. Recuerdo que, cuando yo estudiaba en la escuela, ella me esperaba hasta que llegara para que la acompañara a su casa. Cuando yo llegaba, mi mamá me decía:
Tu tía Margarita te está esperando para que la vayas a dejar.
Si ella compraba algo, yo tenía que ayudarla a llevarlo. Recuerdo que llevaba la carne en una bolsa de tela, las gallinas o los cuyes en una bolsa de red, y otras cosas más. Caminaba a su propio ritmo, y yo la acompañaba hasta llegar a su casa. Tocaba la puerta y nos recibía mi tía Panchita con mucho afecto. Yo entregaba lo que llevaba y ella me decía:
Ve, mi morenito, ya viene con mi mamita.
Ayudaba a entrar a mi tía Margarita a su casa con mucho cuidado, la hacía sentar en su silla especial de pajilla, con su respectiva alfombra, donde la ancianita se sentaba. Ella me agradecía diciendo:
Gracias, hijito, morenito.
En esos instantes, mi tía Panchita me sacaba una canastita de pan, tapada con su mantel blanco bien almidonado.
Lleva, hijito, tu pancito para que comas y coman en casa.
Yo salía con la canastita y me iba corriendo, llevando el pan y la semita que había en ella. Al llegar a la casa, mi madre me estaba esperando para que almuerce. Le entregaba la canastita, almorzaba, y luego llegaba la hora de regresar en la tarde a la escuela. Mi madre nos mandaba el fiambre a la escuela y a mis hermanos al colegio.
Me gustaba mucho el pan de mi tía porque era muy rico. El pan de agua tenía algo especial, en su interior llevaba cebollita de rabo y anís, ingredientes que lo hacían un pan especial. La semita era muy deliciosa. También me daba bizcocho corriente, rosquitas o bizcocho chancay.
Así era frecuente. Siempre que la iba a dejar, cada vez la veía más ancianita. Ella caminaba con su bordoncito en una mano y yo le cogía su manito, caminando con cuidado, siguiendo sus pasos, hasta llegar a su casa. Allí, mi tía Panchita, muy amable, siempre me recibía y me daba alguna cosa; manzanas, membrillos, dulce de higo y otras cositas, todo con mucho afecto.
Recuerdo cuando murió mi tía Margarita. Sentí mucho su partida, porque ya no estaba la ancianita que, durante todos mis estudios de la escuela, tuve la obligación y el gusto de acompañar desde mi casa hasta la suya.
Al evocarla, siento que aún camina despacio por las calles de mi infancia, apoyada en su bordón y rodeada de afectos. Su recuerdo permanece como el sabor del pan compartido, humilde y eterno. Aunque el tiempo se la haya llevado, su ternura sigue viva en mi memoria. Porque hay personas que no mueren, se quedan habitando para siempre en el corazón.
Santiago de Chuco, enero del 2018 (actualizado el 16 de febrero del 2026)
(Foto enviada por Margarita Castillo Lujan y del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
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