DON BALTA RAVELO GARCÍA, ENSUELADOR, HISTORIAS Y ENSEÑANZAS EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr.
Javier Delgado Benites (*)
En Santiago de
Chuco, los oficios eran como hilos invisibles que sostenían la vida del
pueblo, cada zapato ensuelado guardaba el polvo de los caminos y cada artesano,
en silencio, tejía historias que no estaban en los libros, pero sí en la
memoria de quienes aprendimos a mirar.
Don Balta Ravelo García, a quien recuerdo como
un anciano de mediana estatura, de contextura gruesa, cabello blanco y marcada
calvicie, usaba siempre un sombrero de paño. Este viejito era el ensuelador de
los zapatos de mi padre y frecuentaba diariamente nuestra casa, ya sea para
llevar su avío (insumos para ensuelar los zapatos) o para entregar los zapatos
ya ensuelados y recibir el pago por su trabajo.
Mi padre, cuando era estudiante de primaria, me
enviaba a dejarle el avío para que ensuelara los zapatos. Para ello, alistaba
todos los insumos necesarios, suela, carnaza, hilo, clavos o estaquilla, cercos
y los cueros aparados. Don Balta vivía en la casa del señor Casana en el barrio
San Cristóbal, donde tenía su cuarto y su pequeño taller de trabajo.
En casa lo conocíamos como Don Balta
“Macarano”, aunque yo no sabía que “Macarano” era solo su apodo. Un día, mi
padre me envió a dejarle el avío. Llegué, lo encontré trabajando y, con
respeto, lo saludé:
—Buenos días, Don Balta Ravelo Macarano. Vengo
a dejarle el avío.
—¡Buenos días, carajo! —me respondió,
visiblemente molesto.
Me asusté. Me dijo que dejara las cosas en su
mesa de trabajo, así que dejé la bolsa de tela y regresé a casa. Al llegar, le
conté a mi padre lo sucedido. Él me explicó:
—No, hijo, “Macarano” es su apodo, así lo
conocemos nosotros.
—Yo no sabía, pensé que era su apellido, porque
así lo conocíamos —respondí.
En otra oportunidad, fui temprano a dejarle el
avío y lo encontré arreglando su cama. que era muy sencilla, colocaba palos de
madera uno junto a otro sobre el suelo, encima tendía su petate y un pellejo de
guacho, y se cubría con sus frazadas. Terminaba de acomodar todo cuando me
recibió.
—Buenos días, Don Balta Ravelo. Vengo a dejarle
el avío.
—Buenos días, niño.
Me recibió. En ese entonces me hizo una
pregunta:
—Niño, ya que eres escolar, ¿Qué presidente
gobernaba cuando tú naciste?
Me quedé inmóvil, porque no sabía la respuesta.
En ese momento, se acercó a un baúl donde guardaba periódicos, revistas y
recortes, sacó uno y me mostró una lista de los presidentes del Perú, desde José de San Martín hasta el mandatario de ese
entonces que era Francisco Morales Bermúdez. Luego me preguntó:
—¿En qué año has nacido?
Le dije el año y me respondió:
—En ese año ha gobernado Juan Velasco Alvarado.
Me enseñó su imagen de Velasco, chino de ligero
bigote que vestía uniforme militar. Así aprendí algo que no olvidaría jamás.
Regresé a casa con esa lección grabada en la
memoria y con una nueva admiración por Don Balta Ravelo, el ensuelador de mi
padre, quien, pese a su oficio modesto, era un hombre muy leído e instruido,
pues siempre estaba leyendo cada vez que iba a dejarle el avío.
Crecí viendo a muchos viejitos como él,
ensueladores de los zapatos que, hacia mi padre, quienes, más allá de su
trabajo, transmitían sus experiencias de vida en Santiago de Chuco.
Con el paso del tiempo, que aquellos hombres de
tercera edad no solo cocían suelas, sino también el olvido, eran guardianes de
una sabiduría callada, que se deslizaba entre periódicos viejos, palabras
severas y enseñanzas inesperadas. Como el cuero que vuelve a la vida en sus
manos, ellos daban forma a la memoria del pueblo, dejándonos huellas que,
aunque invisibles, aún siguen marcando nuestro camino.
(Foto simulada con IA)
(*)
Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación,
investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades,
directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos
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