LAS AVENTURAS DEL GRINGO Y EL NEGRO

(Por el cumpleaños de mi hermano Hildebrando)

 

Dr. Javier Delgado Benites (*)

 

En Santiago de Chuco, mi extinto padre llamaba “el gringo” a mi hermano Hildebrando y “el negro” a mí; éramos el penúltimo y el último de los hermanos varones. Así crecimos, así nos llamaban en el hogar, como si aquellos apelativos opuestos fueran un lazo secreto tejido por la ternura paterna.

 

Por eso, al celebrar hoy, 02 de marzo, el cumpleaños de mi hermano Hildebrando, que las campanas invisibles de la memoria repiquen sobre nuestra niñez compartida. Que la voz de nuestros padres, desde el cielo, hecha brisa eterna, vuelva a pronunciarnos como entonces, uniendo en un solo abrazo al gringo y al negro bajo el cielo luminoso de ayer.

 

Publico este relato inédito, “Las aventuras del gringo y el negro”, para exaltar la vida de mi hermano Hildebrando, pues hasta hoy seguimos siendo inseparables, compartiendo recuerdos, aventuras y la complicidad de siempre; una hermandad que el tiempo no ha podido marchitar.


 

******

 

El gringo y el negro eran dos niños, ambos hermanos. El gringo le llevaba cuatro años al negro, pero caminaban siempre juntos por los diversos lugares del pueblo. El mayor era muy ingenioso y creativo en los juegos; le gustaba inventar o imitar cualquier entretenimiento que veía. Tal vez no podía comprar lo que deseaba porque su hogar era modesto, pero se las ingeniaba de todas las formas posibles para conseguirlo o fabricarlo, con tal de jugar con su hermano y verlo contento. Compartían también con sus amigos del barrio del sector de La Parva de la Virgen, donde estaba su casa.

 

El negro participaba en todo lo que hacía su hermano, pues el gringo era el líder y organizador de los juegos del barrio. Los demás niños lo veían como el guía de la mancha: lo respetaban, lo seguían y estaban dispuestos a acatar sus decisiones. En su casa había todo lo necesario para jugar, carro de rodillos, boliches, trompos de distintos tamaños, ancos, aros, pistolas y flechas para jugar a los bandidos e indios, soldaditos de plástico para la guerrita con bolas, damas, ludo, damas chinas, carrera de caballos, chuluchulo y casinos. Tenía también corchos, chechos y cámaras inflables para nadar y aprender a flotar; pelotas de plástico y de paño para jugar fútbol en las calles o en las canchitas del barrio; guaracas con sus respectivos horcones para cazar pajaritos y puñales de distintos tamaños para ir a cazar los conejos.

 

En tiempo de estudios, los sábados, domingos o durante las vacaciones eran aprovechados al máximo. El gringo, el negro y sus amigos de la mancha, el Shongo, el chino Roger, el Lamparín, el Chulucanas, el Alalao, el Duaydo y el Limeño, desaparecían después del desayuno. Salían a la calle y se silbaban:

-      Fiut, fiut…

 

Al escuchar la señal, cada uno salía con sus utensilios. El punto de encuentro era la esquina o los muros del Alto, donde planificaban la aventura del día. Luego marchaban alegres, con rumbo casi desconocido, encabezados siempre por el gringo.

 

Los trayectos eran largos y regresaban recién por la tarde. Iban a cazar pajaritos, conejos o a pescar lifes y truchas en los alrededores del pueblo; perseguían perdices, tordos, gorriones y santarrositas; se internaban en el bosque de Juan Sánchez, en alguna quebrada; pescaban en el río Quenrre, en el río Chacomas o exploraban las cuevas de Chiminiga.

 

Durante esas horas de aventura se alimentaban de frutos silvestres; tunas, tunas de maran, chulcos, sugan, cuytulunes, shinigandas, puruspurus, capulí y moras. A veces entraban furtivamente a alguna huerta para coger manzanas, membrillos y blanquillos, o a las chacras de maíz para trozar cañas de mayo. Ese era su sustento del día. El encanto de la naturaleza los mantenía felices. Si encontraban una laguna y sentían deseos de bañarse, se zambullían desnudos. El primero en lanzarse era el gringo; el negro lo seguía sin temor, confiado en la protección de su hermano mayor.

 

En otras ocasiones, al ver una acequia o arroyo, construían molinos de penca utilizando sus espinas, y jugaban largo rato. Luego continuaban hacia el cerro San Cristóbal, donde a veces se encontraban con niños lugareños para jugar partidos de fútbol en alguna pampa, con pelota de trapo o de vejiga de chancho. Apostaban incluso sus guaracas. A veces ganaban; otras, perdían, pero siempre regresaban con la emoción latiendo en el pecho.

 

Al volver por la tarde, el gringo y el negro eran conscientes de que no habían ayudado en casa. Temían el llamado de atención de su madre, como también lo temían sus amigos en sus respectivos hogares. Sin embargo, cada cual asumía las consecuencias de su libertad.

 

Antes de entrar a su casa, pasaban por la de su abuelita, contigua a la de sus padres. La saludaban y luego trepaban por la pared hasta el terrado para ingresar por la cocina. Allí aparecían como si nada y saludaban a su madre, quien los miraba molesta y preguntaba:

-      ¿Quieren almorzar?

-      Sí, mamá -respondían ambos.

 

A veces bajaban de inmediato; otras, se quedaban tirados en el terrado hasta que la comida estuviera lista. Comían en silencio y después ayudaban en algún quehacer. Pero la madre no perdonaba sus ausencias; debían dar de comer a los animales del corral, rajar leña para la cocina o regar las plantas de la huerta. Por eso su enojo, y en ocasiones el castigo recaía sobre todo en el gringo, por ser el mayor.

 

Su madre era quien permanecía siempre en casa, velando por todos sus hijos. El padre, zapatero de oficio, recorría el campo vendiendo sus zapatos que era su negocio y no estaba de manera permanente. La autoridad del hogar la ejercía ella, firme y vigilante, temida por no dejar pasar ninguna travesura.

 

Sin embargo, el gringo y el negro siempre encontraban la forma de escapar hacia la aventura, recorriendo los alrededores mágicos de Santiago de Chuco con sus amigos de barrio y niñez.

 

Aquellas vivencias quedaron grabadas para siempre en su memoria. Extrañan hoy esa libertad antigua, la naturaleza mágica, los sonidos del viento y el silbar de los elementos que componen el paisaje sideral del lar andino, donde la niñez fue un territorio sin fronteras y la felicidad tenía el rostro limpio del campo.

Otoño, del 2014

 

Hermano Hildebrando, que el sol amanezca pronunciando tu nombre y que la vida te regale caminos sembrados de luz. Que la dicha te abrace con la misma calidez de nuestra niñez compartida.

¡Feliz cumpleaños, gringo del alma, socio de aventuras del ayer, de hoy y de siempre, que el tiempo te florezca perenemente en esperanza y alegría!

Un abrazo distante, pero cerca espiritualmente.

 

(Fotos del autor)

 

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

Textos que pueden ser reproducidos

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