CUNGUAY Y SU DEVOCIÓN A SAN FELIPE CADA PRIMERO DE MAYO

Dr. Javier Delgado Benites (*)

El caserío de Cunguay, a tan solo media hora de caminata desde Santiago de Chuco, parece un suspiro verde suspendido entre cerros. Sus campos, bordados de choclo, papas, trigo y cereales, se mecen como un mar verde y esmeralda bajo el cielo andino, donde cada surco guarda historias sembradas por manos campesinas. El aire huele a tierra viva y esperanza, y el paisaje se abre como un lienzo antiguo en el que la naturaleza pinta con paciencia infinita y profunda de la vida rural.
Cada primero de mayo, Cunguay se transforma en un altar vivo donde la fe florece como los campos que lo rodean. En honor al Apóstol San Felipe, patrón que -según refieren los pobladores más antiguos -fue encontrado en la compuerta del río Huashgón, que distribuye agua para los regantes de las tres puntas, Cunguay, Namogall y Shulgirán.
Cuenta la tradición que, durante la limpieza del canal, los señores Santos Tapia y Felipe Arroyo, al romper una piedra, descubrieron un fragmento de roca plana donde apareció la imagen del santo patrón. El señor Tapia exclamó: “¡Este es el Apóstol!”, y al observarlo detenidamente, allí estaba la figura sagrada. El hecho se convirtió en noticia para toda la comunidad. Posteriormente, la imagen fue retocada y, desde entonces, los pobladores iniciaron la celebración de la fiesta en su honor.


En un inicio, la festividad se realizaba en la compuerta en una casa que albergaba al patrón, hasta que finalmente se construyó su capilla cerca de la escuela. Desde entonces, cada año se celebra su fiesta, congregando a numerosos lugareños y devotos. En la víspera hay presentación de artistas, quema de avellanas y cohetes; y el día primero se realiza la misa y la procesión.
El santo es paseado entre mojigangas, los infaltables pallos, contradanzas, jardineras y otras expresiones tradicionales, acompañado por una banda de músicos. La gente sigue la procesión por la pampa inclinada y la carretera, mientras los vendedores lugareños se instalan ofreciendo diversos platos típicos; el emblemático cuy guisado con revuelto de papas y graneado de mote; el cuy frito con papa; los fritos de chancho con graneado de mote y alverja pelada en ceniza acompañada de zarza; además de tamales, choclos, patasca y muchas otras delicias culinarias.
Saborear estos platos al aire libre, rodeado de una naturaleza radiante, convierte la experiencia en algo profundamente agradable y memorable; es como si cada bocado guardara el eco de la tierra y el esfuerzo de quienes la cultivan. El aroma que se eleva entre el viento y el murmullo de la fiesta despierta los sentidos, mientras el paisaje, generoso y vivo, abraza a propios y visitantes, haciendo de ese instante un recuerdo que se queda latiendo en el corazón.
El Apóstol San Felipe es considerado un santo severo y justiciero por los pobladores, dicen que es “bien castigador”. Quien le ofrece o promete algo y no cumple, recibe su castigo; la tradición lo expresa de manera simbólica al decir que “le tira la piedra”, es decir, que no deja pasar la falta y hace sentir su sanción. Por eso, al acercarse la fiesta, la gente del lugar se muestra respetuosa y procura cumplir con sus promesas.


El lugareño señor Uceda comienza a soñarlo noche tras noche cuando se aproxima la celebración, como un recordatorio de algún compromiso pendiente o como un llamado a participar con devoción. Estos sueños, entre el temor reverente y la profunda creencia, la figura de San Felipe permanece viva en la conciencia colectiva, guiando las acciones de sus devotos y fortaleciendo la tradición que se renueva cada primero de mayo.
La fiesta es celebrada por los regantes de la zona; este año ha estado a cargo de Shulgirán, cuyos representantes, organizados en su directiva, coordinan cada detalle para llevar adelante la celebración. La festividad alcanza mayor realce cuando las directivas de las tres puntas de regantes trabajan de manera conjunta y organizada, demostrando unidad, compromiso y devoción.
Los caminos pequeños de alrededores de Cunguay se llenan de pasos peregrinos y corazones esperanzados que llegan como ríos buscando consuelo en su imagen venerada. Dicen que es milagroso, y en el aire se siente ese murmullo de promesas y gratitudes, como si el viento llevará consigo los secretos de quienes han encontrado alivio. Entre cantos, oraciones y colores festivos, el caserío late con una devoción profunda, convirtiéndose por un día en un pequeño santuario donde la fe brota con la misma fuerza que la vida en sus sembríos.
Disfrutar la fiesta costumbrista de Cunguay es lo más encantador, porque conmueve nuestra identidad; es como abrir el cofre antiguo de la memoria y dejar que sus colores, sonidos y sabores vuelvan a latir en el presente. Entre mojigangas y música, el alma del rinconcito se levanta como espiga al viento, recordándonos quiénes somos y de dónde venimos. Cada gesto, cada plato compartido y cada paso en la procesión es una raíz que se afirma en la tierra, haciendo florecer, una vez más, el orgullo de nuestro Santiago de Chuco y su historia llena de tradiciones y costumbres.
(Para mis amigas Inés Tolentino y Melina Enríquez)
(Fotos del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
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