EL GORRIONCITO ANDINO QUE CANTA EN SANTIAGO DE CHUCO

Dr. Javier Delgado Benites (*)

La memoria y el tiempo guarda intactos las fragancias de mi querida tierra y los sonidos de mi niñez, suele renacer el canto del gorrión andino, pequeño trovador de los amaneceres serranos, se convierten en guardianas del recuerdo.
El gorrioncito andino, es una avecilla que, en nuestra niñez en Santiago de Chuco, lo conocíamos como pájaro cabeshón (por cabezón). En otros lugares del país lo conocen como pichuchanca. Este hermoso pájaro alegraba nuestros amaneceres y atardeceres con su canto melodioso, posándose siempre en los techos de teja, en las ramas de los árboles de las huertas de las casas vecinas.
Su presencia forma parte del paisaje cotidiano; inquieta, ligera y vivaz, saltando de un lugar a otro mientras llenaba el aire con su música. Para quienes crecimos escuchándola, su canto no solo anunciaba el amanecer, sino que también despierta recuerdos entrañables de la niñez, de los patios soleados y de la tranquilidad de aquellos días en el pueblo.
La avecilla tiene las siguientes características: mide aproximadamente 15 cm de longitud. Su pico es corto y recto, de alrededor de 15 mm. Presenta una cabeza prominente o coronilla destacada, con la cara gris atravesada por una banda negra.
La garganta es blanca y luce un visible collar en la nuca de color canela o castaño. El pecho y el vientre son de tono pardo claro o blanquecino, con reflejos más oscuros, y los flancos grisáceos. El dorso también es pardo, salpicado de manchas negras, mientras que las alas y la cola muestran una tonalidad más oscura.
Los juveniles presentan un plumaje más uniforme, con jaspeado oscuro en el pecho. Sus patas están bien adaptadas a su hábito arborícola, con tres dedos orientados hacia adelante y uno hacia atrás, lo que le permite sujetarse con firmeza a ramas y troncos.
Recuerdo mucho que, en mis tiempos de colegial, salía de madrugada con mi poncho, gorra y chalina para aplacar el frío, caminando por la carretera mientras estudiaba para rendir mis exámenes. Eran precisamente esos cantos bellos los que me acompañaban y me motivaban a continuar en la brega estudiantil, como una verdadera música sinfónica nacida de la naturaleza.


Viví y cursé mi educación básica en mi tierra, rodeado de esos amaneceres frescos y silenciosos, interrumpidos solo por el canto alegre de aquellas avecillas. ¡Qué hermoso era vivir esos momentos! Cada nota parecía darme ánimo, esperanza y fuerzas para seguir adelante con mis sueños.
Al volver a escuchar el canto del pájaro cabeshón, retorna a mi memoria la sencillez de aquellos días; los libros en la mano, el frío de la madrugada, el camino solitario y, sobre todo, esa melodía natural que hacía más llevadero el esfuerzo. Son recuerdos entrañables que el tiempo no borra y que siguen sonando en el corazón.
Cuando retorno a mi Santiago de Chuco en la casa de mis extintos padres, en medio de mi soledad, nostalgia y recuerdos vividos, en la madrugada o al amanecer, lo primero que escucho es su canto suave y melancólico, posado en una teja del techo de la casa o en el árbol de capulí, manzano o molle de la huerta. Canta desde el lugar donde se posa, acompañando con su voz las primeras horas del día, como si saludara la llegada de la luz.
Escuchar su canto en esas horas tempranas despierta recuerdos profundos; la niñez, los amaneceres, el aroma de la tierra húmeda y la calma de los campos. Es una melodía sencilla, pero llena de nostalgia, capaz de tocar el alma y recordarnos que las cosas más humildes suelen ser también las más hermosas.
Durante el día me acompaña con su canto, alegrando esos momentos de inspiración y las actividades que realizo en casa. Es mi eterno acompañante, siempre presente con su melodía dulce y significativa. Su presencia constante transmite esa sensación de hogar que solo se comprende cuando se vuelve a la tierra donde uno nació.
El trinar filarmónico de la avecilla andina llena los espacios de vida y serenidad, convirtiéndose en una compañía silenciosa pero profunda. En cada nota parece traer recuerdos, consuelo y esa paz especial que solo se siente en el hogar donde nacieron nuestros afectos más sinceros.
En este tiempo de mayo, cuando visito el campo del pueblo, su canto se escucha entre los maizales y trigales, y en los lugares donde acostumbra anidar. Allí deposita sus pequeños huevos de color verde o celeste, adornados con finas manchas punteadas de tono marrón.
Con el paso de los días nacen los pichoncitos, frágiles y silenciosos al inicio, que pronto llenan el nido de vida y movimiento. Es una escena hermosa de la naturaleza, que anuncia la renovación de la vida en los campos y alegra aún más la llegada de esta temporada.
Mientras el mundo cambia y los años avanzan como ríos que no se detienen, permanece intacto el canto del pequeño gorrión andino. Su voz, diminuta pero eterna, sigue volando sobre los techos de teja y los recuerdos, recordándonos que la verdadera patria chica muchas veces cabe en un canto.

Santiago de Chuco, 02 de mayo del 2026

(Fotos del autor e Internet)

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
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