EL RÍO SANTA EN LA INSPIRACIÓN POÉTICA DE JAVIER HERAUD

Dr. Javier Delgado Benites (*)

 

El río Santa es como un largo espejo de plata que despierta entre los nevados, avanza llevando en sus aguas la memoria de los andes. En su corriente viajan los ecos del viento, el canto de los campesinos y la esperanza de los pueblos que crecieron junto a sus orillas. A veces parece una serpiente luminosa que se desliza entre quebradas y valles; otras, un gigante impetuoso que recuerda la fuerza indomable de la naturaleza.

 

El caudal ancashino desciende desde los nevados de la Cordillera Blanca como una vena viva de los andes. A su paso riega valles, alimenta sembríos y acompaña a pueblos andinos y costeños que aprendieron a escuchar su rumor. A veces manso y sereno; otras, bravo y desbordante, el Santa conoce de sequías, tempestades y crecidas que ponen a prueba la vida de quienes habitan cerca de su cauce.

 

El río Santa constituye, además, el límite natural entre las actuales regiones de Áncash y La Libertad en gran parte de su recorrido, marcando una frontera geográfica y cultural. Sus aguas separan y, al mismo tiempo, unen a pueblos andinos y costeños que dependen de él para la agricultura, la pesca y la vida cotidiana. Desde las alturas de los andes hasta su encuentro con el mar, el río traza una línea viva en el territorio, convirtiéndose en símbolo de identidad, trabajo y permanencia para generaciones enteras.

 


Según alegato de su hermana Cecilia del poeta joven, en un escrito publicado por Periolibros en Página Libre (1990: 30) titulado “Recuerdo de su hermana Cecilia Heraud”, dice:

“Cuando le provocaba, mi padre organizaba viajes cortos a los que se iba sólo con mis hermanos mayores dejándonos a las mujeres con mi mamá. Así viajaron a Ica y Huaraz, donde -recuerda papá- le impresionó mucho a Javier el curso del río Santa, que según dice él, lo inspiró en su poema río”.

El testimonio de Cecilia Heraud resulta valioso porque permite comprender el origen vivencial y emocional del poemario “El Río” de su hermano. En su recuerdo familiar, se aprecia cómo el joven poeta quedó profundamente impresionado por la fuerza y el curso del río Santa durante un viaje realizado junto a su padre y hermanos. Aquella experiencia no solo fue una contemplación del paisaje andino, sino también un encuentro sensible con la naturaleza, elemento que marcaría su futura creación poética.

El poema y primer poemario “El Río” fue escrito y publicado por Javier Heraud en 1960, cuando apenas contaba con 18 años de edad. Esta obra marcó el inicio de su brillante trayectoria literaria y fortaleció su reconocimiento como una de las voces jóvenes más prometedoras y sensibles de la poesía peruana de su época. En sus versos, Heraud refleja una profunda conexión con la naturaleza, la vida y el destino humano, utilizando la imagen del río como símbolo del tiempo, el viaje y la existencia misma.

 

EL RÍO 

   

1

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

 

2

Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
  día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

 

3

Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.

 

4

Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.

 

5

Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.

 

6

Yo soy el río que viaja en las riberas,
    árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
   puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
   flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
   tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
   roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
   mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
    árbol  fruta
    rosa   piedra
    mesa corazón
    corazón y puerta
    retornados,

 

7

Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.



8

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.

 

9

Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas
.

 

 

El poema presenta al río como una voz viva que encarna la dualidad de la existencia; ternura y furia, creación y destrucción. A través de imágenes intensas y simbólicas, el río se funde con la naturaleza y con el ser humano, atravesando cuerpos, corazones y memorias. Su viaje hacia el mar representa el destino final, donde la identidad se disuelve y todo canto se integra en una totalidad mayor.

El poeta guerrillero escribió el poema “El río” en referencia al río Santa, que contempló y lo impresionó el recorrido de la sierra y costa como el caudal de sus aguas, en su viaje con su padre y hermanos. Un 15 de mayo de 1963 a los 21 años de edad, murió en un río caudaloso de la selva, el río Madre de Dios, por convicción de sus ideas y por el anhelo de transformar a su patria. Su cuerpo se hizo corriente y su nombre, rumor de selva; aprendió a hablar con las piedras y a sembrar silencio en el agua. Desde entonces, el río no solo fluye, recuerda, canta y combate en su memoria.


(Fotos de Internet)


(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

 

Textos que pueden ser reproducidos

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