MAYO EL MES DE LAS CRUCES EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr.
Javier Delgado Benites (*)
Se inclinan sobre la tierra como las estrellas para
susurrar antiguos secretos, así el cielo de Santiago de Chuco marca el pulso de
la vida. En cada mes de mayo, la memoria de los ancestros despierta y florece
entre cerros, cruces y constelaciones.
Cuando llega el mes de mayo, nuestros
antepasados chucos celebraban el “inicio de un nuevo ciclo”, instaurado por la
constelación de la Cruz del Sur o Chakana. Su importancia es reverenciada por
ser guía del hombre andino en las épocas agrícolas.
Una forma de agradecer a los ancestros chucos era
acudir a los centros astronómicos ceremoniales, conocidos como huacas, ubicados
en la cima de los cerros, para ofrecer productos de la tierra. Las cumbres de
los cerros eran consideradas chakanas, espacios de transición entre el mundo
terrenal (aka pacha) y el mundo superior (hanan pacha).
La devoción a la cruz católica se inicia con la
llegada de los españoles en 1532. Se recuerda la primera cruz de la conquista
que el cura Vicente Valverde llevó a Cajamarca durante la captura de Atahualpa.
Tras la caída del Imperio incaico, los
misioneros optaron por aprovechar estos espacios sagrados, colocando en ellos
un símbolo cristiano; la cruz. Así, impusieron la creencia de que el 3 de mayo,
fecha en que la constelación alcanza una posición cenital, se celebraría el
hallazgo de la sagrada cruz de Cristo.
Esta práctica se reflejó en la colocación
masiva de cruces en las cimas de los cerros, así como en pueblos y barrios,
donde se construyeron capillas dedicadas a “Tayta Cruz”, “Tayta Cristo”, entre
otras.
Esta tradición ha perdurado en los pueblos
andinos hasta la actualidad. En Santiago de Chuco, por ejemplo, existían siete
cruces en los alrededores del pueblo, que durante Semana Santa eran recorridas
por los penitentes, quienes caminaban de noche flagelándose como acto de fe.
Asimismo, el primero de mayo, los pobladores suben a los cerros donde se
encuentran las cruces para adornarlas con flores y compartir momentos de unión
y amistad.
Otra costumbre es la “techa” de casa, en la
cual los padrinos colocan una cruz en la parte más alta de la vivienda recién
construida, como símbolo de protección y herencia de la evangelización. De
igual manera, en las entradas y salidas de los pueblos se levantan cruces para
su veneración pública, así como las tradicionales “mesas de difuntos”, donde se
ofrendan alimentos a los seres queridos fallecidos.
Al contemplar una cruz en la cima de un cerro,
se percibe la unión y también la tensión entre dos mundos. Con la llegada de
mayo, esta debe renovarse de energía; se la adorna con flores silvestres del
campo, se la celebra por los campos y los cerros, donde continuará vigilante.
Entre flores y plegarias, la cruz camina con el
pueblo, como puente entre el cielo y la tierra. Porque en cada ofrenda no solo
se honra la fe, sino también la memoria viva de un origen que jamás deja de
latir.
(Foto del autor)
(*)
Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación,
investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades,
directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos
que pueden ser reproducidos
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