POLY, EL PASTOR ALEMÁN QUE ACOMPAÑABA A MI PADRE EN SU NEGOCIO EN SANTIAGO DE CHUCO
(A mi padre que lo
recuerdo en su día, un saludo al cielo)
Dr.
Javier Delgado Benites (*)
En los caminos de la vida hay encuentros que
parecen simples, pero terminan marcando una época entera. Así como el sol
acompaña silencioso al arriero entre cerros y quebradas, también existen
lealtades que caminan al lado del hombre sin pedir nada a cambio.
Poly era un pastor
alemán velludo. Mi padre lo compró en Trujillo durante uno de los viajes que
realizaba para adquirir materiales para su zapatería y visitar a mis hermanos
mayores, quienes estudiaban en la universidad. Siendo apenas un cachorro, lo
llevó a Santiago de Chuco.
Desde su llegada al hogar, Poly se convirtió en
su inseparable compañero. Apenas dos días después, mi padre, que era zapatero,
comenzó a llevarlo consigo a su negocio. En aquella época, él comercializaba
sus zapatos mediante el sistema de trueque, pues muchos campesinos no disponían
de dinero en efectivo. Por ello, intercambiaba sus productos por granos,
animales u otros bienes cuyo valor equivalía al precio de los zapatos.
El cachorro al caminar por los caminos rústicos
de los caseríos se cansaba, pero mi padre lo alzaba y, de tramo en tramo, lo
dejaba caminar. Ese primer día Poly llegó con sus patitas adoloridas por el
trajín, que tuvo que frotarlo las almohadillas con manteca de chancho. Poco a
poco se acostumbró a salir al campo, y mi padre siempre lo llevaba por los
caseríos para acompañarlo en sus recorridos de negocio. Sus zapatos tenían gran
aceptación; eran muy requeridos por los campesinos porque estaban bien hechos y
duraban varios años. Poly fue creciendo en dicha rutina, era su fiel
acompañante y guardián.
Los perros chuscos de los campesinos, al ver a
Poly caminar junto o detrás de los burros, salían en grupo a ladrarle. Hacían
mucha bulla, pero ninguno se atrevía a morderlo. Más era el escándalo que el
peligro. Poly se limitaba a mirarlos y seguía su camino sin hacerles daño.
En una oportunidad, mientras caminaba como de
costumbre junto a mi padre y los burros cargados con zapatos, salieron de una
casa colindante unos diez perros chuscos que lo rodearon ladrando. Poly se
detuvo, firme y valiente, esperando que alguno se atreviera a atacarlo. Nadie
lo hacía; solo ladraban con tal alboroto que parecía que alguien estaba siendo
atacado. Al escuchar la bulla, los dueños, vecinos y niños salieron a ver qué
sucedía. Saludaban a mi padre, que continuaba su camino.
De pronto, uno de los perros se atrevió a
atacarlo. Poly, sin vacilar, lo sujetó de la cola con sus poderosas mandíbulas,
lo hizo girar en el aire y lo lanzó a varios metros de distancia. El perro cayó
estrepitosamente al suelo y salió huyendo entre lastimeros chillidos. Los demás
perros, al presenciar la escena, retrocedieron aterrados y escaparon con el
rabo entre las piernas, lanzando desesperados aullidos de miedo.
La gente que observaba la escena quedó confusa.
Uno de ellos dijo:
- Estos perrashos quieren atacar a ese perrazo. Ahí está su merecido.
La mayoría rompió en carcajadas.
Poly siguió su camino, orondo, mientras mi
padre lo alcanzaba para continuar arreando los “guachos” que recibía como pago
por sus zapatos.
Cada vez que mi padre cerraba un negocio y le
pagaban con animales, Poly se encargaba de arrearlos. Si alguno se resistía,
iba y lo asustaba con un “¡guau!”, como queriendo morderlo. Los animales
obedecían y caminaban junto a los burros donde iban amarrados. Los campesinos
se quedaban asombrados al ver a un perro que arreaba animales. A veces incluso
hacía detener a los burros y los vigilaba mientras su dueño se demoraba por
motivos de negocio.
En uno de sus viajes
acompañé a mi padre. Como parte del pago por un par de zapatos, recibió un
carnero que no estaba acostumbrado a llevar soga. Cuando lo amarraron al burro
para emprender el regreso, el animal se resistía constantemente y cabresteaba.
Poly intentaba hacerlo avanzar ladrándole y rodeándolo, pero el carnero se defendía
y trataba de embestirlo cada vez que se acercaba.
El perro insistía en obligarlo a seguir el
camino; sin embargo, en medio del forcejeo, el carnero logró romper la soga.
Apenas se vio libre, echó a correr por la jalca como un animal salvaje. Aquel
era un paraje inhóspito, solitario y desolado, donde no había casas ni personas
a la vista.
Mi padre lo dio por perdido. Sin embargo, Poly
no le quitó la vista de encima y observó la ruta por donde huía. Cuando el
carnero desapareció tras una pendiente, mi padre le ordenó:
-
Poly,
anda, atrápalo…
El perro obediente salió corriendo a gran
velocidad tras el fugitivo. Mi padre lo vio desaparecer y, confiando en su
instinto, apresuró su caballo y me dejó cuidando a los burros con carga en
plena jalca, donde el sonido del viento lo hacía silbar a la paja, con la
esperanza de que lo alcanzara.
Y así fue. Al llegar al lugar, encontró a Poly
en plena lucha con el carnero. Lo tenía firmemente sujetado por el cuello,
impidiéndole escapar. El animal forcejeaba con todas sus fuerzas, pero los
poderosos colmillos del perro se habían hundido profundamente en su cuello,
manteniéndolo inmovilizado.
Mi padre llegó al lugar
y encontró al carnero herido y sangrando, luchando inútilmente por liberarse.
Poly, al ver a su dueño, soltó al animal y se hizo a un lado, como si le
entregara su presa.
Entonces, mi padre sacó
su cuchilla marca Toro, que siempre llevaba consigo, y sacrificó al carnero
cortándole el cuello. Después ató el esófago para evitar que se derramara su
contenido y colocó el animal sobre las ancas de su caballo. Luego regresó al lugar
donde yo lo esperaba, mientras el frío de la jalca comenzaba a intensificarse.
Una vez reunidos, acomodó al ovino sobre la
carga de uno de los burros y emprendimos el viaje de regreso al pueblo,
atravesando los silenciosos parajes andinos que ya empezaban a cubrirse con la
neblina de la tarde.
Retornábamos contentos, pues ya habíamos dado
por perdido al carnero jalquino. De no haber sido por Poly, habría sido una
gran pérdida para su negocio de mi padre.
Poly, el pastor alemán velludo, fue el fiel
amigo de mi padre por más de doce años y un gran apoyo para arrear los animales
que recibía como pago por sus zapatos, formando así un binomio inseparable.
El tiempo pasó como río entre piedras, quedaron
en la memoria las huellas de aquel perro noble que caminó junto a mi padre
trabajador. Porque hay seres que no necesitan hablar para volverse eternos;
basta con que acompañen, protejan y amen con la constancia con que la luna
sigue al caminante en la noche.
¡Cuántos recuerdos me
trae Poly al evocar nuestras vivencias en Santiago de Chuco junto a mis padres
y hermanos! Aquel pastor alemán nos dejó innumerables anécdotas y momentos
imborrables que aún permanecen vivos en la memoria familiar. Su lealtad y compañía
alegraron nuestros días, protegieron nuestro hogar y lo convirtieron en un
miembro más de la familia.
Compartió con nosotros juegos, caminatas y
jornadas de trabajo, pero también silencios llenos de afecto y comprensión. Con
el paso de los años, su recuerdo no se ha desvanecido; por el contrario, sigue
presente en cada historia que contamos y en cada evocación de aquellos tiempos
felices que marcaron nuestra vida en Santiago de Chuco.
Al aguaitar hacia aquellos años vividos, la
figura de Poly vuelve como una entrañable sombra de la niñez, recordándonos que
los animales también dejan huellas profundas en el corazón. Su recuerdo
permanece intacto, como parte de esa hermosa historia familiar que el tiempo
jamás podrá borrar.
(Foto
del dibujo del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado,
licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en
Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra,
docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
citando autor y fuente
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