LAS GITANAS EN LA PARVA DE LA VIRGEN EN SANTIAGO DE CHUCO
(En mi tierra recordando a mis padres que yacen en el cielo)
Dr. Javier Delgado Benites (*)
Las gitanas en
antaño llegaban a Santiago de Chuco como el viento que no pide permiso, con
colores que combinaban la quietud del paisaje andino. Traían consigo el
murmullo de caminos lejanos y un saber antiguo que se leía en los ojos antes
que en las manos.
Las gitanas se caracterizaban por su modo de
vida original y nómada. Vestían largos y coloridos vestidos y se dedicaban,
principalmente, a la adivinación, actividad con la que se ganaban algunos reales
(actualmente soles) leyendo la palma de la mano.
La Parva de la Virgen, por el año 1935, antes
de que se construyera la escuela, era -según me relataba mi padre- una extensa
pampa. Su nombre se debía a que, durante el mes de agosto, el lugar se
convertía en parvas formadas con las cosechas de los terrenos circundantes, las
cuales servían para trillar el trigo o para depositar las gavillas de los
cereales, que luego eran chancadas para obtener alverjas, lino o quinua.
En el centro del lugar había una poza que se
llenaba con las aguas de lluvia durante la estación de invierno, entre los
meses de enero y marzo. En otras épocas del año, cuando llovía de manera
esporádica, el agua adquiría un color verdoso y se convertía en hábitat de
cungules, que luego se transformaban en sapos y ranas. Alrededor revoleteaban
congoshes, mariposas y pájaros, que se detenían en sus vuelos para beber agua o
cazar insectos que les servían de alimento. Al costado derecho se encontraba
una huaca de los preincas, hoy desaparecida y reemplazada por viviendas.
A este lugar llegaban las gitanas con sus
hijos, algunos gringuitos de pelo rubio, a quienes trasladaban en burros u
otras bestias de carga, junto con los implementos necesarios para armar sus
carpas y transportar sus pertenencias, las cuales utilizaban durante el tiempo
que permanecían en Santiago de Chuco, donde establecían su campamento durante
varios días o incluso meses. Ellos salían poco a recorrer al pueblo, las mujeres con
trenzas largas, sus profusos ornamentos de oropeles y sus faldas estampadas de
muchos vuelos, ocupadas en lavar en bateas y cocinar en pailas. Los niños gringuitos
correteaban
el lugar alegremente y los hombres fumaban y conversaban, sus noches se
llenaban de cantos y danzas.
Durante su estadía en Santiago de Chuco, se
dedicaban a adivinar la suerte de las personas a través de la lectura de cartas
y de las manos. También curaban enfermedades y recetaban medicinas. La gente
acudía desde distintos lugares para que ellas revisaran sus males, ya que en el
pueblo no había médicos. De esta manera se ganaban la vida, hasta que, de un
día para otro, desaparecían sin dejar rastro. Su ausencia era sentida por la
población, pues contribuían a solucionar diversos problemas, especialmente los
relacionados con la salud.
Las gitanas se dedicaban a la adivinación y a
la lectura de la buenaventura mediante la quiromancia. Sin embargo, no solo
interpretaban las líneas de la mano, sino que sabían leer los signos y gestos
del cuerpo, especialmente del rostro. De este modo, comprendían las emociones y
preocupaciones de sus clientes; las miradas tristes, la felicidad, la ansiedad
o el nerviosismo no se les escapaban. Además, elaboraban amuletos para la
protección contra el “mal de ojo”, para el amor, la buena suerte o el dinero. También
preparaban remedios y prácticas mágicas destinadas a amarrar a un marido
infiel, favorecer la concepción de hijos o curar a algún enfermo.
Los gitanos han sido perseguidos desde hace
muchos años, razón por la cual adoptaron el estilo de vida nómada que los
caracteriza; sin rumbo fijo ni morada permanente, llevando consigo los secretos
y misterios más preciados del mundo espiritual gitano, dueños de un
conocimiento que muchos consideran extraterrenal.
A pesar de haber estado en contacto con diversas culturas a lo largo del tiempo, el pueblo gitano ha sabido mantener su identidad cultural, la cual permanece con mínimas modificaciones. Los elementos que incorporan en cada lugar donde se establecen suelen enriquecer su forma de vida, sin eliminar ni desvirtuar sus rasgos más característicos.
Un día de Santiago
de Chuco se fueron, como se va el agua de la poza cuando cesa la lluvia, sin
despedidas ni huellas visibles en la parva. Pero su paso quedó sembrado en la
memoria del pueblo, como un eco errante que aún camina entre historias y recuerdos.
(Fotos del autor e Internet)
(*)
Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación,
investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades,
directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos
que pueden ser reproducidos
citando
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