ATANASIO SIFUENTES CASTILLO ACUSADO JUNTO AL POETA CÉSAR VALLEJO EN LA ASONADA DEL 1o DE AGOSTO DE 1920

Dr. Javier Delgado Benites (*)
Un hombre al que el destino arrancó de los escritorios y empujó hacia los senderos ásperos de la persecución, el escribano judicial y amigo del poeta César Vallejo acusado junto a él en los sucesos ocurridos la tarde y noche del 1º de agosto de 1920 en Santiago de Chuco. Ambos fueron involucrados en los delitos de robo e incendio del establecimiento comercial de don Carlos Santa María, así como de las oficinas del telégrafo y del teléfono, hechos que marcaron profundamente sus vidas y los condujeron a la cárcel.
Atanasio Sifuentes Castillo nació en Santiago de Chuco hacia fines del siglo XIX, aproximadamente en 1899, siendo menor que el poeta César Vallejo. Realizó sus estudios primarios en la única escuela del cabildo o centro viejo de la ciudad y secundarios en Huamachuco. Trabajó como escribano en el Juzgado de Santiago de Chuco.
Acusado de participar en la asonada del 1º de agosto de 1920 junto al poeta y otras personas de la época, entre ellos Héctor Vásquez, Vicente Jiménez, Óscar Jiménez, el juez de primera instancia Dr. José Martínez Céspedes, Albano Vásquez, Telesforo Paredes, Francisco Vásquez Pizarro, Pedro Lozada, Marcos Paredes, Octavio Delgado, Benjamín Ravelo, José R. Peláez, Manuel Meléndez, Manuel Cruz Blas, Manuel Vallejo, Pedro Peláez y Néstor Medrano, en aquellos sucesos que marcaron profundamente la historia de Santiago de Chuco.
Al ser denunciado por los afectados, Atanasio Sifuentes Castillo fue notificado y perseguido por los gendarmes. Logró refugiarse en los terrenos que poseía su familia en Quenrre, los cuales limitaban con el río. Allí permaneció durante largo tiempo, viviendo y pernoctando en tres cuevas que se encontraban en lo alto de las peñas de su propiedad, que convirtió en escondite y refugio frente a la constante persecución.
Durante aquellos días de incertidumbre y aislamiento, se dedicaba a preparar sus alimentos y a trabajar las huertas que cultivaba en el lugar, sembrando tunas, rocotos, llacones, racachas y otros productos necesarios para el sustento de su madre y de sus familiares. De esa manera, mientras permanecía oculto entre los cerros, el río, las peñas, los bosques de eucalipto y la naturaleza agreste, encontraba en la tierra una forma de sobrevivir y mantener viva la esperanza. El bisbiseo del río y el profundo silencio del paraje acompañaban su dura existencia, marcada por el temor, pero también por la fortaleza de seguir adelante.

Durante el tiempo en que permaneció refugiado, se enamoró de la joven pastora Jacoba Gutiérrez Medina, natural del sector de Santa Rosa que pertenece a Conra, lugar ubicado sobre los terrenos de su familia. Aquel sentimiento nació silenciosamente entre la soledad del hombre perseguido y la serena nostalgia de la joven pastora que pasteaba sus guachos (ovinos) y cantaba sus huaynos y serranitas para alegrar el día. Los campos abiertos, el murmullo de las quebradas y la presencia eterna de los cerros, peñas y cuevas fueron testigos de un amor sencillo y profundo, florecido en medio del aislamiento y la incertidumbre.
Cada encuentro entre ambos parecía estar protegido por la naturaleza andina, que con sus días calmosos y sus tardes apacibles les brindaba un refugio para conversar y compartir sus sueños. Jacoba encontraba en él a un hombre sensible y marcado por el destino; mientras que él hallaba en la joven pastora la ternura y la esperanza que tanto necesitaba en aquellos días difíciles. Así, entre el aroma de los eucaliptos, alcanfores, sauces y el canto lejano de los pájaros, fue creciendo un amor puro, nacido en el corazón mismo de la soledad y fortalecido por la serenidad del paisaje de Conra.
Estando durante mucho tiempo refugiado y siendo intensamente buscado, los gendarmes comenzaron a sospechar de su madre, en algunas ocasiones, acudía secretamente a visitarlo para llevarle alimentos. Ante ello, decidieron perseguir los pasos y, tras un cuidadoso seguimiento, lograron dar con el escondite donde permanecía oculto.
Fue capturado y arrestado por los gendarmes, siendo conducido primero a la cárcel de su pueblo y posteriormente trasladado a la cárcel de Trujillo, donde permaneció preso junto a su amigo el poeta César Vallejo. Aquella captura puso fin a los días de escondite entre los parajes solitarios andinos. La angustia de la persecución y el dolor de la separación de sus seres queridos marcaron profundamente ese episodio de su vida. Sin embargo, aun en medio del encierro y la adversidad, compartió la prisión con el poeta, con quien seguramente encontró momentos de conversación y reflexión que hicieron más llevadera la dura experiencia del cautiverio.
Después de ser liberado, retornó a su tierra a la casa de su madre, pero su destino era Santa Rosa, donde vivió la joven que le dio amor en los momentos difíciles, fue relevado como escribano y su vida cambió dedicándose a la agricultura sembrando los terrenos de su familia en Quenrre junto a su esposa, de ese matrimonio lograron tener cinco hijos, dos mujeres y tres varones.

Su nieto Carlos Aguirre Sifuentes, amigo de niñez, me comentó en una conversación, al reunirnos ocasionalmente durante una de mis visitas a Santiago de Chuco, que su abuelo, Atanasio Sifuentes, cuando visitaba su casa y él aún era niño, le relataba que había sido amigo del poeta César Vallejo e incluso que había estado preso junto a él en Trujillo, a raíz de la asonada del 1º de agosto de 1920. Sin embargo, en aquel entonces no le dio mayor importancia a aquel relato.
Tiempo después, cuando estudiaba en el colegio y realizaba un trabajo sobre el autor de Los heraldos negros, Carlos visitó la biblioteca municipal y solicitó un libro. Allí le entregaron El proceso Vallejo. Al revisar sus páginas, encontró el nombre de su abuelo, logrando así recordar y corroborar lo que don Atanasio le había manifestado años atrás.
Carlos recuerda también las palabras de su abuelo, quien siempre le decía que el poeta Vallejo era una persona noble y cordial.
Al conocer el relato de Carlos, me hizo revisar el expediente del juicio, donde pude comprobar que el nombre de su abuelo figura en dicho proceso. En el documento se hace referencia a que estuvo involucrado y sufrió prisión por los delitos de robo e incendio relacionados con los sucesos del 1º de agosto de 1920, junto al poeta César Vallejo.
Cuando era colegial, recuerdo haber conocido al señor Atanasio, quien visitaba con frecuencia a su hija Carmela Sifuentes, madre de mi amigo Carlos Aguirre, que vivía en el barrio Santa Mónica, cerca de mi casa. El señor Atanasio era de contextura delgada, de estatura regular, de tez blanca y sonrosada, con el cabello algo ensortijado. Vestía siempre de saco e incluso usaba una faja para sostener el pantalón.
Según me comentaba Carlos, cuando sus amigos se enteraban de que se encontraba en el pueblo, en la casa de su hija, acudían a visitarlo personajes muy conocidos de la época, como el famoso tinterillo “Tunto” Tiburcio, don Marcos De Gracia, don Modesto Caballero y otras personas vinculadas a asuntos judiciales. Solían salir a conversar largamente, compartiendo unos capris de chicha y unas causas, en medio de recuerdos, anécdotas y comentarios sobre los acontecimientos de aquellos años, luego retornaba a Santa Rosa donde radicaba.
El exescribano, al participar en la asonada por asuntos políticos y verse involucrado en aquellos sucesos, sufrió prisión. A partir de entonces, su vida cambió profundamente: dejó atrás la relativa comodidad de la función pública y las relaciones de amistad que mantenía con personajes influyentes de la justicia en dicha época en el pueblo, para convertirse en agricultor.
Atanasio Sifuentes, quien constantemente regresaba al pueblo para visitar a su madre y a sus hermanas y posteriormente a su hija Carmela, quien vivía en el barrio Santa Mónica. En cada retorno también se reencontraba con sus amigos de juventud, con quienes compartía gratos momentos, evocando recuerdos y anécdotas de tiempos pasados. A pesar de los años y de las circunstancias que marcaron su vida, nunca perdió el afecto por su familia ni los vínculos de amistad que había cultivado desde su juventud.
Vivió parte de su vida dedicado al trabajo de la tierra junto a su esposa, aferrado al paisaje de los cerros y quebradas, mientras varios de sus familiares y hermanas se establecieron en la costa principalmente Lima, tomando otros rumbos y formando un arraigo distinto. Sin embargo, él prefirió permanecer en su tierra natal, donde encontró en la agricultura, el silencio del campo y la vida sencilla una manera digna de reconstruir su existencia. Falleció por el año de 1986 en Santiago de Chuco.
(Fotos del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
citando autor y fuente
INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS Y HUMANIDADES
Celular: 943467062
E-mail: i2cyh@outlook.es
Lima – Chimbote – Trujillo

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

DON PEDRO AURORA EL SILBADOR DE LA VECINDAD EN SANTIAGO DE CHUCO

UN BREVE HOMENAJE A CENIN

LOOR A TRES AMIGOS