LAS HELADAS DE SAN JUAN EN SANTIAGO DE CHUCO

Dr. Javier Delgado Benites (*)

 

En la inmensidad de la jalca, donde el viento peina las pajas (ichus) y la noche cae como un manto de sombra sobre la tierra, aprendí que los caminos no solo conducen a destinos, sino también a historias guardadas en la memoria de los mayores. Entre cerros silenciosos y estrellas vigilantes, cada helada tenía nombre y cada fogata encendida parecía conversar con el cielo.

 

En una oportunidad en mi niñez acompañaba a mi padre en su negocio por la jalca. La noche nos vino encima y llegamos a la casa de su compadre, quien nos dio posada y nos quedamos allí. Nos acondicionamos en su corredor para hacer la cama y dormir. Hacía bastante frío, pero fuimos bien protegidos.

 

Mi padre me dijo:

-     Va a caer helada, ese fenómeno natural malogra los sembríos de los campesinos.

 

En eso aguaité a lo lejos a su compadre, que hacía fuego. Mi padre me preguntó:

-      ¿Sabes por qué hacen fuego los campesinos?

-      No, papá -le contesté.

-      Es una tradición antigua que me contaba mi abuelo -inició a relatarme-. Una vez, San Juan (refiriéndose al santo San Juan Bautista) había hecho una apuesta con el sol y le dijo: “Si yo me despierto primero, te quemo”; y el sol le respondió: “Si yo me despierto primero, te hielo”. Dice que San Juan se había despertado primero y, cuando el sol despertó, ya San Juan le había helado todos los campos y el sol ya no pudo quemarlos. Por eso, cada vez que viene el 24 de junio, todos hacen fuego en representación del sol, para que no hiele los sembríos, como el trigo y la cebada, porque todavía recién están en leche y por madurar.

 

Yo me quedé en silencio y sorprendido por su relato, y volvió a decir:

-     Ahora hay que abrigarnos, no vaya a ser que San Juan también nos congele.



Dormimos bien abrigados con frazadas de lana de oveja, hasta el amanecer, para retomar las actividades que mi padre tenía pendientes con su negocio con los campesinos, y luego regresar a la casa del pueblo.

 

Clareó el alba y la escarcha comenzó a rendirse ante los primeros rayos del sol, entendí que en aquellas tierras la naturaleza no solo se padecía, también se respetaba y se narraba. Desde entonces supe que las fogatas de la jalca no eran solo fuego; eran la esperanza ardiendo en medio del frío, el corazón de los campesinos latiendo contra la helada.

 

(Fotos del autor)

 

(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado, licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra, docente universitario.

 

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