LOS CULCOS EN SANTIAGO DE CHUCO
Dr. Javier Delgado Benites (*)
El maíz en Santiago de Chuco que se
cuelga al viento, guárdalo con paciencia, déjalo madurar en silencio, porque lo
bien conservado alimenta cuerpo y memoria.
Recuerdo, de niño, cuando visitaba con mi madre
a mi abuelita (su madre) en el rinconcito de Pachogón. Observaba su casa de
piso de tierra, las paredes de adobe, los techos de teja y las columnas que se
encontraban alrededor del patio principal, sosteniendo el alero del tejado. Las
puertas, ventanas, mesas y bancas eran de madera, fabricadas rústicamente; su
cocina tenía un fogón con ollas de barro.
En los aleros había maíces con panca seca,
colgados en hileras, lo que siempre llamaba mi atención. Tanto era mi interés
que un día mi abuelita se dio cuenta y me dijo:
- Esos son los culcos.
- ¿Se llaman culcos?
—pregunté.
- Sí, para hacer los
culcos. En mayo o junio, después de la cosecha del maíz, se seleccionan los
maíces con toda la panca y un trozo de tallo, se guardan para que se vayan
secando y luego se utilizan. Así no se malogran; al contrario, se conservan muy
bien.
Mientras me explicaba, sacó un par de culcos y
me dijo:
- Voy a tostar tu cancha.
Los llevó a la cocina; yo la seguí. Vi cómo
retiró la panca seca, desgranó el maíz, puso la callana sobre el fogón y echó
los granos. Comenzó a moverlos con el tostador hasta que la cancha empezó a
reventar; en pocos minutos estaba lista. La colocó en un mate y la puso sobre
la mesita de la cocina para que comiera. Empecé a comer la cancha, disfrutando
su suavidad y el dulzor natural del maíz.
Para regresar a la casa del pueblo, mi abuelita
sacó varios culcos y se los dio a mi madre, diciéndole:
- Llévate estos culcos y
tuesta su cancha a mi negrito y a mis nietos que no han venido.
- Gracias, abuelita -le
respondí.
Mi madre también agradeció. Retornamos al
pueblo con la gran satisfacción de haber visitado a mi abuelita en ese
rinconcito idílico y encantador.
Después de aquella experiencia, observaba a mi
madre en la casa del pueblo hacer lo mismo con el maíz que cosechaba en las
chacras y en la huerta: lo colgaba en el alar de la casa, tal como había
aprendido.
El maíz cosechado se guarda en culcos para
cuando llegan las visitas; familiares, compadres y ahijados, a quienes siempre
se les regalan algunos. También se reserva para celebraciones como cumpleaños,
Fiestas Patrias, Navidad y Año Nuevo, para hacer mote y luego tamales, patasca
y champú.
Los culcos no solo guardan
granos, guardan tiempo, afecto y raíces colgadas en los aleros, como recuerdos
que nunca se desgranan del corazón.
(Foto
del autor)
(*) Doctor en educación, ingeniero químico, abogado,
licenciado en educación, investigador del Instituto de Investigación en
Ciencias y Humanidades, directivo del Movimiento Capulí, Vallejo y su Tierra,
docente universitario.
Textos que pueden ser reproducidos
citando autor y fuente
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Lima – Chimbote – Trujillo

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